"Pero el hombre que regresa por la Puerta en el Muro ya no será nunca el mismo que salió por ella. Será más instruido y menos engreído, estará más contento y menos satisfecho de sí mismo, reconocerá su ignorancia más humildemente pero, al mismo tiempo, equipado para comprender la relación de las palabras con las cosas, del razonamiento sistemático con el insondable misterio que trata, por siempre jamás, de comprender."
Así finaliza un libro del visionario Huxley, cuyo título "Las puertas de la percepción" fue tomado de la misma frase que inspiró a Jim Morrison para nombrar a su legendaria banda:
"Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todo se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito." William Blake.
Bien, ¿a dónde quiero llegar con todo esto?. Más allá de recomendar el libro, quería detenerme a pensar un segundo en las puertas, es decir, en todo aquello que nos permite avanzar a través de algo que no podríamos superar de otra forma.
La más elevada muralla, cualquier insondable fortaleza, puede ser vencida por la simple existencia de una puerta. Pero claro, a veces resulta imposible encontrarla, parece estar oculta detrás de la maleza ponzoñosa. O tal vez, está siempre frente a nuestros ojos y el problema es que no logramos descifrar su cerradura y vivimos resignados a la idea de que jamás lograremos encontrar la llave correcta.
También puede ocurrir que, empecinados, no nos cansamos nunca de darnos la cabeza contra el muro y no advertimos la puerta entreabierta a nuestro lado.
¿Por qué abandonar sueños, ceder ideales, olvidar personas por temor a cruzar la puerta? ¿Por qué renunciar a lo que nos espera del otro lado? Ningún muro es invencible. Siempre hay puertas.
Y si no las hay, seguramente existan ventanas o boquetes.
