martes, 27 de enero de 2015

Jaulas


Le dió otro sorbo a la botella. Veneno de uva. El ventilador no ayudaba mucho. Su perro Trapiche ladró, seguramente se vendría una tormenta.
Dentro de su cabeza ya había truenos hace rato. Ese televisor viejo y pesado no era buena compañía y el diario de ayer le daba náuseas. Sobre todo las contratapas con "increíbles noticias científicas", que le parecían un chiste absurdo.
"¿Hace cuánto vengo leyendo que encontraron un planeta potencialmente habitable a miles de millones de años luz? ¿En qué carajo me afecta eso a mí?" Y otro sorbo más.
El viento se volvió más fuerte y las nubes más negras. El hombre se levantó y salió, casi llevándose puesta la lámpara de pie. Trapiche ladeó la cabeza y, extrañamente, no quiso acompañar a su dueño.
La calle era la de siempre. Alguna que otra luz encendida, algún televisor con el volumen alto. Subió por la calle 65. Los negocios estaban cerrados y la gente encerrada. Ningún humano a la vista, pero tantos fantasmas... él ya estaba acostumbrado. Siempre saludaba a la señora de la casa de puertas altas y corroídas que sólo él veía.
Cuando iba a doblar por 117, sintió martillazos en el interior del cráneo. Trató de apoyarse en la pared, quiso respirar hondo. La vista se le nublaba y el pecho le dolía. Se levantó como pudo y trató de volver a su casa.
Algunas pantallas centelleaban a través de las ventanas.
"¿Quién le va a dar de comer a Trapiche? ¿Quién va a regar el romero?"
¡Cómo ansió un sol nocturno, cómo esperó una mirada compasiva! Pero ni siquiera se quejó cuando su cabeza golpeó los adoquines. Le sonrió a las jaulas de cemento.
La primer gota de lluvia cayó sobre su frente. La sintió como una caricia, como un suspiro de alivio. Cerró los ojos.