La repetición monótona del lorito de alas cortadas la estaba poniendo nerviosa. Le habían pedido que espere en ese banco despintado hace buen rato atrás y ya había recorrido con la vista cada rincón del jardín enorme y verde, donde el verano parecía ser inquilino.
Finalmente apareció Beba. Traía una especie de cuaderno de cuero enorme entre las manos. Le dirigió unas palabras cariñosas al lorito y se acercó a la mesa.
-¿Cómo se llama?- le preguntó la visitante a Beba.
-Pepe. Los loros buenos siempre se llaman Pepe.
La muchacha estaba dispuesta a nombrar excepciones, pero seguramente sería una pérdida de tiempo. Y ya no le sobraba, tenía un ensayo más tarde. Prefirió asegurarse de que le habían traído lo prometido.
-¿Acá está la foto?
-Acá hay fotos y más también.
Tomó el tosco álbum y empezó a recorrerlo. Beba no se molestó en explicar mucho, prefirió intercambiar monosílabos con Pepe.
Después de pasar la mitad de las páginas oscuras, finalmente encontró lo que buscaba.
-¿Es ella?
Beba se quedó atónita y por esta vez sí prestó atención. La respuesta era muy obvia. Miró a la muchacha y volvió su vista hacia el álbum nuevamente.
-¿Puedo dejarmela? -inquirió la chica.
La anciana titubeó pero aceptó. Después de todo, ya tenía suficientes elementos para juntar polvo y manchas de humedad. No iba a echar de menos el retrato de aquella tía lejana, o amante de un abuelo o antigua vecina de su familia, que posaba con una mirada romántica a juego con su violín. Al fin y al cabo, la visita parecía ser la dueña legítima de aquello.
Antes de cruzar el jardín en dirección a las rejas ocres del portón, la joven le preguntó a Beba si creía en las reencarnaciones.
-Nena, me extraña. Te avisé que tenía la foto de alguien parecida a vos, pero no es para que empieces a creer en cuentos chinos y cosas raras. De las casualidades se aprovechan los astrólogos, los curanderos y otras lacras para robarle a la pobre gente. Andá, andá, que no quiero volverme una vieja entretenedora.
La muchacha se fue con la foto en una mano y su violín en la otra. Antes de atravesar el portón, giró para saludar a Beba. La misma mirada, el mismo gesto de la mujer del retrato desteñido.
Beba sintió un escalofrío. Buscó al lorito y se metió en su casa, mientras maldecía al rocío de la tardecita que le ponía los huesos a la miseria.
Finalmente apareció Beba. Traía una especie de cuaderno de cuero enorme entre las manos. Le dirigió unas palabras cariñosas al lorito y se acercó a la mesa.
-¿Cómo se llama?- le preguntó la visitante a Beba.
-Pepe. Los loros buenos siempre se llaman Pepe.
La muchacha estaba dispuesta a nombrar excepciones, pero seguramente sería una pérdida de tiempo. Y ya no le sobraba, tenía un ensayo más tarde. Prefirió asegurarse de que le habían traído lo prometido.
-¿Acá está la foto?
-Acá hay fotos y más también.
Tomó el tosco álbum y empezó a recorrerlo. Beba no se molestó en explicar mucho, prefirió intercambiar monosílabos con Pepe.
Después de pasar la mitad de las páginas oscuras, finalmente encontró lo que buscaba.
-¿Es ella?
Beba se quedó atónita y por esta vez sí prestó atención. La respuesta era muy obvia. Miró a la muchacha y volvió su vista hacia el álbum nuevamente.
-¿Puedo dejarmela? -inquirió la chica.
La anciana titubeó pero aceptó. Después de todo, ya tenía suficientes elementos para juntar polvo y manchas de humedad. No iba a echar de menos el retrato de aquella tía lejana, o amante de un abuelo o antigua vecina de su familia, que posaba con una mirada romántica a juego con su violín. Al fin y al cabo, la visita parecía ser la dueña legítima de aquello.
Antes de cruzar el jardín en dirección a las rejas ocres del portón, la joven le preguntó a Beba si creía en las reencarnaciones.
-Nena, me extraña. Te avisé que tenía la foto de alguien parecida a vos, pero no es para que empieces a creer en cuentos chinos y cosas raras. De las casualidades se aprovechan los astrólogos, los curanderos y otras lacras para robarle a la pobre gente. Andá, andá, que no quiero volverme una vieja entretenedora.
La muchacha se fue con la foto en una mano y su violín en la otra. Antes de atravesar el portón, giró para saludar a Beba. La misma mirada, el mismo gesto de la mujer del retrato desteñido.
Beba sintió un escalofrío. Buscó al lorito y se metió en su casa, mientras maldecía al rocío de la tardecita que le ponía los huesos a la miseria.