Muchacho, hijo de la canela, ojos oscuros, temor de la leña.
Algo aparece, arrastra eras inhumanas. La sangre grita, hierve, reclama.
Se vuelve todo poco, mucho no es nada.
No entiendo la sombra, no digo palabra.
Me olvido de las formas. Lo civilizado es farsa.
Se quemó el suelo, se esfumó la casa.
Yo ya no sé qué es el diablo o de qué diablos me hablan.
miércoles, 25 de noviembre de 2015
Macramé
Me hacés sentir un escritor cualquiera, alguno de esos que conozco sólo por la fotito en blanco y negro de la contratapa de novelas del siglo pasado. Eso me siento, un hombre maduro y gris, encomendado a la acción de inventarse una historia en la que un personaje igual de gris que él mismo, conoce al menos por un rato el amor de una Minerva. Todo suele terminar trágicamente.
Pero lo mío no termina, porque para que haya desenlace debió haber primero un desarrollo. Y acá lo único que crece es el desconcierto de no saber si estás sospechando de esta historia que tiene de fondo esa música que me gusta a mí y resulta que también a vos.
¿Por qué este misterio que me vuelve un Narciso ahogado y no algo más simple? Porque es lo único que tenemos.
En el sueño acelerado de un lunes te sentí tal real que me convencí de que eso eras. El sueño de un lunes. No importa si en otra parte de la Tierra vos estás llevando tu cuerpo a caminar por el pastito del patio y tocás ramas y adornos de macramé.
martes, 27 de enero de 2015
Jaulas
Le dió otro sorbo a la botella. Veneno de uva. El ventilador no ayudaba mucho. Su perro Trapiche ladró, seguramente se vendría una tormenta.
Dentro de su cabeza ya había truenos hace rato. Ese televisor viejo y pesado no era buena compañía y el diario de ayer le daba náuseas. Sobre todo las contratapas con "increíbles noticias científicas", que le parecían un chiste absurdo.
"¿Hace cuánto vengo leyendo que encontraron un planeta potencialmente habitable a miles de millones de años luz? ¿En qué carajo me afecta eso a mí?" Y otro sorbo más.
El viento se volvió más fuerte y las nubes más negras. El hombre se levantó y salió, casi llevándose puesta la lámpara de pie. Trapiche ladeó la cabeza y, extrañamente, no quiso acompañar a su dueño.
La calle era la de siempre. Alguna que otra luz encendida, algún televisor con el volumen alto. Subió por la calle 65. Los negocios estaban cerrados y la gente encerrada. Ningún humano a la vista, pero tantos fantasmas... él ya estaba acostumbrado. Siempre saludaba a la señora de la casa de puertas altas y corroídas que sólo él veía.
Cuando iba a doblar por 117, sintió martillazos en el interior del cráneo. Trató de apoyarse en la pared, quiso respirar hondo. La vista se le nublaba y el pecho le dolía. Se levantó como pudo y trató de volver a su casa.
Algunas pantallas centelleaban a través de las ventanas.
"¿Quién le va a dar de comer a Trapiche? ¿Quién va a regar el romero?"
¡Cómo ansió un sol nocturno, cómo esperó una mirada compasiva! Pero ni siquiera se quejó cuando su cabeza golpeó los adoquines. Le sonrió a las jaulas de cemento.
La primer gota de lluvia cayó sobre su frente. La sintió como una caricia, como un suspiro de alivio. Cerró los ojos.
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