jueves, 29 de noviembre de 2012

Lila

Sé lo mucho que suelen aburrir las largas reflexiones catárquicas, dignas de psicoanálisis, que abundan en los blogs. Por eso, voy a preferir contarles una nueva historia:

No podría especificar la edad de Lila. Aunque sus facciones eran casi de niña, tenía cierta marca, tal mirada, que la hacían ver de mayor edad que la mía. Cuando la conocí, yo vivía en Capital Federal, había comenzado a trabajar en la Panadería Belgrano y tendría unos 24 o 25 años. No eran buenos tiempos, desde que papá había fallecido yo tenía que ayudar a mi mamá y a mi hermana. Muchas veces, después de estar todo el día entre panes y facturas, hacía algunas changas.
Lila iba de vez en cuando a la panadería y nunca se entretenía más de lo debido. Apenas me miraba, pagaba y volvía a irse, lánguida y triste, por la puerta. Me generaba mucha antipatía. No tenía por qué ser tan seca y poco amable, sobre todo conmigo, que siempre me esmeraba en ser educado y atento con los clientes. Pero esta repulsión estaba acompañada de un gran interés, de una curiosidad creciente y del deseo de saber cómo era la vida de esa mujer.
Cierta tarde de verano, cuando el calor era tal que apenas aparecía gente a comprar, la vi llegar con un vestido violeta claro y su frío semblante intacto, a pesar de la temperatura. La traté con más simpatía de la acostumbrada, pero ella permanecía seria, lejana. Y volvió a desaparecer.
Pero esta vez no me quedé perplejo y apoyado en el mostrador, sino que guiado por no sé que extraño impulso, pedí a un compañero que me cubriera y decidí seguirla. La vi sentarse en la parada de colectivo. Sólo cuando estaba a mínimos pasos de ella, noté que me encontraba haciendo algo raro e ilógico y pensé que lo mejor sería dar media vuelta y volver a mi trabajo.
-¿Me estás siguiendo? -preguntó entonces la joven, que permanecía sentada, dándome la espalda.
Me sentí totalmente avergonzado de la situación. Ni siquiera atiné a inventar una excusa.
-¿Cómo me viste? -pregunté, y me senté a su lado, dándome por aludido.
-Te escuché. El espionaje no es lo tuyo.
A pesar de que esa frase pudiera sonar humorística, su mirada seguía lejana, sus gestos graves y severos. Tenía algo que me asustaba, que me inquietaba, que era difícil de descifrar. Y eso mismo, me atraía de manera incontenible. Sus ojos destellaban bondad y malicia, dulzura y aspereza. Le pregunté su nombre. Sólo entonces, me dirigió la mirada.
-¿A quién le importa cómo me llamo? Lo mismo da que me llames por el nombre que dice en un papel que por el color de mi vestido.
Que extraña muchacha era aquella. Sus palabras destilaban indiferencia, pero todo lo demás en sí manifestaba pasiones, odios, fortaleza.
-Entonces podría llamarte Lila ¿te parece?
Me miraba a los ojos. Esbozó una sonrisa y comenzó a hablarme con una mezcla exquisita de frialdad y calidez.
-Está bien. No me importa cómo me llames. Parecés un buen hombre, de esos que van por la vida sin gloria pero sin pena, de esos que trabajan porque es lo que deben. Vas a formar una familia y hasta tal vez seas feliz. Tu vida de sacrificios va a quedar en la nada cuando, un día como cualquiera, descanses bajo la tierra. Vas a aferrarte a la vida hasta el último momento, no hay nada que te resulte más incomprensible que un suicida. Tal vez tus descendientes te recuerden por un tiempo, pero después vas a ser otra pequeña alma olvidada. Puede que me hayas seguido porque se te hace insoportable que alguien no finja felicidad, eso no cabe en tu mundo de esfuerzos y rutina. Y ahora estás palideciendo porque las verdades repentinas asustan ¿no?. Pero no te preocupes, mañana vas a olvidar lo que te dije y vas a ser alegre y cortés de nuevo. No me mires así, no te espantes de esa forma. No era mi intención.Tal vez yo algún día realice una gran obra de arte, escriba un libro revelador o puede que me tire del balcón mañana . Pero tampoco a mí van a recordarme.
Luego de decir eso, se subió a un colectivo, me despidió levemente con la mano y desapareció, como siempre. Me quedé sentado un buen rato ahí, pálido y con mil palabras en la boca. Si hubiera podido, le habría dicho que estaba muy equivocada, o incluso que era una pobre desequilibrada. Pero el tiempo fue dándole la razón. Volví vacío y perdido en mí mismo a la panadería, no pude atender a la clientela con la simpatía acostumbrada. Soñé con ella varias noches después de aquella tarde.
Pasaron muchos años desde entonces. Ciertamente, logré salir con mucho esfuerzo de la mala situación económica en la que estaba, me mudé a una tranquila ciudad sureña, y, hoy por hoy, tengo mi propia panadería, donde trabajan también mis hijos. Espero la muerte con calma, sé que a lo largo de mi vida hice las cosas bien.
No sé que fue de la vida de Lila. Tal vez logró grandes cosas, tal vez murió esa tarde. No volvió a aparecer en aquella panadería, aunque yo la haya esperado por meses.
De todo lo que me dijo en nuestra breve (y ahora, tan lejana) conversación, hubo algo en lo que no acertó. Cada vez que el cielo patagónico se torna de extraños tonos violáceos y el color lila tiñe el anochecer, me lleno de nostalgia, evoco a mi juventud, y ocurre algo mágico e inevitable, al menos yo, la recuerdo. 


lunes, 19 de noviembre de 2012

¿Por qué la prisa?


El fin de semana, sin Internet y acompañada de una inspiradora lluvia, la calma dió lugar a una pequeña historia, que a continuación les presento:

Caminaba apresurado por el pueblo de su niñez. Las casas eran las mismas que había visto la última vez que estuvo allí, pero estaban pintadas de colores vibrantes y tenían enormes y extrañas inscripciones. Gente conocida y desconocida lo saludaba con gestos y ademanes en cámara lenta, contrarios a la prisa del muchacho. Esa lentitud lo desesperaba.
Se detuvo frente a una mujer, cuyo rostro le resultaba llamativamente familiar.
-¿Por qué se mueven todos tan lentamente? ¿Qué les pasa?
La dama sonrió levemente. Por momentos le recordó a su madre, pero luego le resultó parecida a su primer novia, a la anciana que siempre barría la vereda frente a su departamento, a la extravagante muchacha con la que había bailado una vez hace años, y así, a decenas de mujeres que había visto a lo largo de su vida. El rostro era de todas y no era de ninguna, al mismo tiempo.
Después, aquel rostro de mujer se tornó serio y le respondió:
-Tal vez vos te estás moviendo demasiado rápido. ¿Por qué estás apurado si no tenés donde ir? ¿Por qué la prisa?
El joven quedó inmóvil. Hubiera querido responder pero le fue imposible, ningún sonido brotaba de su boca.

Despertó. Hacía meses que no soñaba nada, mucho menos algo tan claro y verídico. Estaba en su minúsculo departamento. Sólo veía nubes grises y edificios del mismo tono a través su ventana.
Mientras trataba de descifrar el sueño, preparó unos mates y repasó por enésima vez los temas que debía rendir para un final. Después de un buen rato de monotonía, buscó un abrigo y salió a dar una vuelta. También llevaba consigo un libro de Kafka.
Su anciana vecina estaba barriendo la vereda. Inconscientemente, esta vez saludó a la mujer con más cortesía. El muchacho caminó unas cuantas cuadras, hasta que divisó su árbol preferido, enorme y antiguo, en una de las plazas más tranquilas del centro de la ciudad. Inmediatamente, se sentó bajo su protección y se sumergió en la lectura. No notó que las nubes desaparecían y que el sol se posaba imponente en el cielo. Sólo volvió a la realidad cuando escuchó que alguien se acercaba.
Vio de reojo a un nene de unos seis o siete años, de la mano de una mujer joven. Venían riendo sonoramente y se sentaron cerca suyo, seguramente buscando la sombra del gran árbol.
Ya absolutamente distraído de su lectura, el muchacho cerró el libro y se dispuso a levantarse.
-¿Por qué la prisa?
Al escuchar las mismas palabras que había oído antes de despertar, desvió bruscamente su mirada hacia sus nuevos acompañantes. La dueña de esa voz era una joven algo menor que él, que bajo el flequillo oscuro y las pobladas cejas, lo miraba con ojos límpidos y calmos. Tenía en sus manos una especie de fuente enorme, cubierta por un florido repasador. El niño que la acompañaba tenía la vista clavada en la llamativa portada del libro de Kafka.
El muchacho quedó atónito frente a esas palabras, tal como le había pasado en su sueño.
-No quisimos molestarte, pero el sol empezó a pegar fuerte. El Juani ya se me estaba cansando -añadió la joven, y acarició la frente del nene. Este seguía mirando al colorido libro sin ningún tipo de disimulo- No hace falta que te vayas, podemos compartir la sombrita. Ah, y algo dulce también.
La humilde muchacha sacó el repasador de la fuente. En el fondo tenía sólo un par de alfajores de maicena y le extendió uno al joven.
Conmovido ante tanta sencillez, él lo tomó y permaneció sentado, casi inmóvil.
-Gracias –dijo finalmente. Percatado del interés de Juani en su libro, se lo pasó.- Es una historia bastante complicada, pero el dibujo está lindo ¿no?
Juani sonrió. Ni siquiera lo abrió, tal vez apenas entendía el título. Pero no dejaba de repasar la imagen de portada con sus pequeños dedos.
-Soy Pablo. ¿Hace mucho rato que andan vendiendo? No tengo ni un peso encima para pagarte el alfajor…
-No importa, era para compartir. –dijo ella con su serena mirada- Sí, empezamos bien tempranito hoy. Él es mi hermano Juani y yo soy Clara.
Luego de presentarse, los jóvenes comenzaron a charlar bajo la sombra de aquel árbol, protegidos del fuerte sol de la incipiente primavera. Clara le contó que tenía más hermanos, que quería terminar el colegio, que necesitaba ayudar a su mamá. Pablo le habló de su pueblo, de por qué quería ser contador, de lo solo que se sentía a veces en la gran ciudad. Mientras tanto, Juani corría palomas con el libro de Kafka bajo el brazo.
-Clara, ¿puedo hacerte una pregunta antes de que te vayas? ¿Vos a dónde vas, a dónde querés ir? No me refiero a dónde vas a irte ahora, sino que hablo de la vida, de…
-Seré un poco bruta pero entiendo lo que me estás preguntando- interrumpió ella con una sonrisa amplia- Yo voy donde tenga que ir, donde me necesiten. No hace falta saber por qué, solamente es necesario estar ahí.
Pablo la escuchaba con atención. Él no tenía una visión tan clara de las cosas, esto lo ayudaba a descubrir lo que era tener los pies sobre la tierra de nuevo. Ella también fundía en su rostro muchas caras, como la mujer del sueño.
-A lo mejor tenés razón. Por ahí yo necesitaba hablar con vos hoy y por eso estás acá. A veces me gustaría ver las cosas de una manera así de sencilla, pero simplemente no puedo. A veces me pierdo tanto buscándole un sentido a las cosas, que dejan de tenerlo. Creo que estoy apurado por llegar a ningún lado.
La calma no desaparecía en ningún momento de los ojos de la muchacha, que escuchaba a Pablo con dulzura, con comprensión.
-Necesitaba hablar con alguien Clara, gracias. ¿Voy a volver a verte?
-Seguro, siempre ando por acá. Y no sólo yo, sino que cientos de personas pasan cerca tuyo sin que vos notes su presencia. Por supuesto que no por todas, pero por algunas vale la pena frenar el paso.
Después de decir eso, llamó a su hermano, tomó la fuente que ahora estaba vacía y se despidió. Pablo le regaló su libro a Juani, a pesar de las quejas de Clara. “Gracias por el escudo mágico. Cuando lo uso, las palomitas creen que yo soy un cazador de dragones” había dicho el nene antes de irse. Tal vez usándolo de esa forma, Juani lo estaba disfrutando mucho más.
Camino a su departamento, Pablo percibió la realidad de una manera distinta. Notó detalles en los que nunca había reparado, personas que siempre veía pero nunca miraba. Descubrió que su nuevo ritmo calmo contrastaba con el de mucha gente, pero también era el mismo que el que llevaban muchos otros. Antes de entrar al departamento, conversó un rato con su vecina, que esta vez no barría  la vereda sino que sólo disfrutaba del sol de la tarde.
La vida se le antojó alegre. “¿Por qué la prisa?” se preguntó sonriente el muchacho.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Sin desesperar

Corría. Corría sin mover su cuerpo. Se iba muy lejos, más allá de lo que sus ojos llegaban a divisar. Se topaba con otro ser, frenaban su marcha desesperada y comenzaban una danza imperceptible. Bailaba el aire que exhalaban. 
Volvía. La vuelta siempre era dolorosa. No se había movido de aquel rincón. No había otro ser. No había aire danzando. Sólo su monótona respiración, que se detuvo un momento y luego retornó en un suspiro.
El reloj le advirtió que el tiempo estaba transcurriendo aún. Le recordó lo cruel que es la rutina y la soledad. Ahora sólo debía esperar. Sin desesperar.


domingo, 11 de noviembre de 2012

http://www.youtube.com/watch?v=FVpDOIPx_sY&noredirect=1

Todo con lo que vas contar, todo en lo que tendrás tendrás que apoyarte, va a sentirse igual a las gotas de lluvia cuando están cayendo a tu alrededor. 

 Adorada bruja cósmica