lunes, 12 de noviembre de 2012

Sin desesperar

Corría. Corría sin mover su cuerpo. Se iba muy lejos, más allá de lo que sus ojos llegaban a divisar. Se topaba con otro ser, frenaban su marcha desesperada y comenzaban una danza imperceptible. Bailaba el aire que exhalaban. 
Volvía. La vuelta siempre era dolorosa. No se había movido de aquel rincón. No había otro ser. No había aire danzando. Sólo su monótona respiración, que se detuvo un momento y luego retornó en un suspiro.
El reloj le advirtió que el tiempo estaba transcurriendo aún. Le recordó lo cruel que es la rutina y la soledad. Ahora sólo debía esperar. Sin desesperar.


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