Como estaba cansado de no sentir, respiró profundo y se fue. Tenía ganas de provocar una catástrofe, de ser el primer eslabón de una cadena incontenible.
Apagó el pucho. Si Cinthia había resultado una más no era culpa de ella ni de él. Después de todo, habían sido muchos meses de ilusión impagable.
La vereda y el frío. Las viejas de bufanda lo miraban con intriga, con desconfianza. Y a pesar de la seriedad exterior, se sonreía internamente.
Empezó a caminar, esperando que su plan maestro apareciera de la nada. O deseando que cayera un meteorito en la esquina.
-Se complica, ¿no?
-¿Qué cosa?
-Todo esto. El hecho primordial de que estemos destinados a las conversaciones imaginarias.
-A mí no me molesta.
Dobló en la esquina. Probablemente nunca vería caer ningún meteorito.