sábado, 20 de julio de 2013

Desarraigo

A continuación, un fragmento de un interesantísimo artículo publicado por la Lic. Sandra Gandall en la prestigiosa revista Neo Psychology:


"[...] hemos comprobado que en un buen porcentaje de las personas próximas a experimentar un cambio trascendental en sus vidas, como en el caso de un joven que decide irse a vivir lejos de su ciudad natal, se observan actitudes de desarraigo y una tendencia a enfrentarse con el mundo que está dejando. Un sentimiento de desenfado y cambios bruscos en la personalidad son la válvula de escape que sirve para atenuar una futura sensación de vacío y de tristeza. De esta forma, odiando un poco al lugar que se está abandonando se minimizarán los temores a lo nuevo. Además, provocar problemas y discusiones con el ámbito que se dejará de frecuentar, es una posible garantía de que las ganas de volver al hogar sean mucho menores.
Está comprobado, en el caso de estos jóvenes, que si además tienen un poco de imaginación, también recurrirán a otro tipo de autoengaños psicológicos semiconscientes. Por ejemplo, pueden escribir en su blog un artículo absolutamente inventado de una posible explicación a lo que están experimentando. Incluso, pueden decir que en realidad fue escrito por una tal Sandra para no sé que revista imaginaria. Y de paso, demostrar que fantochadas como estas las puede escribir cualquiera."

miércoles, 17 de julio de 2013

El pibe de la capucha

Toda la gente solitaria, ¿de dónde viene?
Toda la gente solitaria, ¿a dónde pertenece?


Caminar en círculos. Las cuadras monótonas. El sol clausurado. La calle gris, el invierno también.
Un nene va solo. La ropa sucia y la mirada dulce. Revisa todo, agarra un palito, lo vuelve a dejar, se pierde en una esquina. Su soledad me muerde el alma. 
Yo voy como él. Me escapé de los gritos y los muros. Hamacas desiertas. Una es para mí. La gente pasa sin ver. Nadie recuerda ocuparse jamás de las soledades ajenas.
Policías comprando cigarrillos. Más acá, un hombre desgarbado saluda a otro corpulento y le pide plata. El pibe de la capucha se acerca. Miradas que bajan. Sí, lo reconozco, sin dudas. Se pierde también. Yo vuelvo a andar. Nadie sabe donde estoy y probablemente tampoco importe. Pasan colectivos pero los bolsillos están vacíos. El viento frío golpea en la garganta. Los ojos acuosos ganan brillo. 
¡Y que la lágrima salada resbale, es por la basura volátil, es por el viento! No se te ocurra creer que es por el mundo y sus penas, no se te ocurra pensar en los sufrimientos que nadie quiere oírte contar, en todo lo que soportás por los errores ajenos, ni mucho menos creas que es por esa indiferencia asquerosa que te escupe a vos, al nene del buzito roto, al pibe de la capucha, al alcohólico que quería unos pesos. ¡Que caiga niña, que caiga! ¡Es el viento lo que la hace resbalar! ¡Que acaricie la mejilla y se hunda en el escote! A nadie puede importarle. 
¿A dónde va toda esta gente solitaria? ¿Tienen quién los espere?  A veces me parecen almas más nobles éstas que aquellas que conocen muchas compañías, menos la propia, rodeados de gente pero sintiéndose más solos que el mismísimo pibe de la capucha.