-¿Vos
te acordás algo de la crisis del 2001? Se van a cumplir 50 años desde que pasó.
-¿Tanto?
Y, mirá... yo era muy chiquita. Me acuerdo de la puerta de la perfumería de la
vuelta tapada con tablones… Agus, ¿vos seguís pensando en estudiar Historia,
no?
-Más
vale, tía.
-Muy
bien, hacelo. Sabés... Yo conocí a alguien que quería estudiar Historia pero al
final no lo hizo. Y lo conocí gracias a esa crisis.
-No
me digas que era algún amorcito tuyo. Nunca hablás de eso. Yo a vos sí te cuento
de lo mío con Almendra. ¿Lo conociste en Facebook, como hacían todos los
dinosaurios de tu época?
-Bah,
vaya a saber cómo se llama la porquería que usan ustedes ahora. Pero sí, eso
tuvo que ver un poco. Y la crisis también, porque el muchacho nació en Buenos
Aires, pero como los padres se quedaron sin trabajo, vinieron a vivir acá.
-Vos
eras linda de joven, tiíta.
-Si
eso es un halago, lo estás haciendo mal. Y si me vas a pedir que te preste el departamento
otra vez, la respuesta es no.
-¿Todas
las tías son unas solteronas malhumoradas? No tengo otra como para comparar.
-¿Solterona?
Parece que te escapaste de 1920, Agus.
-¿Me
vas a contar lo del pibe o no?
-Se
recibió de otra cosa, ganó plata, viajó un poco, se juntó, tuvo dos hijos. Fin.
-Esa
es la parte aburrida de la historia. Contame TU parte.
-...
-¿Eso
fue una sonrisa?
-Lo
quise muchísimo a Walter... Le tengo que poner agua al mishi.
-¡Ah,
no! Ahora no te vas a escapar. ¿Qué pasó con Walter? ¿Cuernos? ¿Se aburrieron?
-No.
No es tan sencillo. Él... él había sufrido mucho en su vida y se merecía ser
muy feliz.
-¿Por
qué no con vos?
-Ay
Agus... La gente cree que puede redimir los errores de otros. Pero repite las
mismas historias siempre. Generación tras generación. Ser inteligente es darse
cuenta de la propia incapacidad a tiempo y no caer en lo mismo. Parejas
infelices, hijos desprotegidos, vidas de mierda. ¿Contento?
-¡Ey!
¿Y yo? Hay cambios, tía. Eso es lo que más me gusta de la Historia: los
cambios. Por ejemplo, uno bueno sería que vos dejaras de esconder abajo de la
cama los cuadros que pintás, ¿no te parece?
-Son
basura, Agustino.
-¿Decís
eso para que te halague un poco?
-...
-¿Te
pusiste mal? No hablemos más de ese tema.
-Por
levantarme el ánimo, siempre metés la pata. Che, yo ya tendría que empezar a armar
el bolso.
-¿De
qué es el encuentro esta vez?
-Literatura
de terror, con Howard Lovecraft como estrella. Lo bueno es que él solamente
tiene "amor" en el apellido.
-Entonces
te vas a divertir bastante. ¿No te da pena dejar el departamento solo un fin de
semana? ¿Y el pobre gato?
-Sos
un carnaza. ¿Se sigue diciendo eso?
-No
que yo sepa. Dale tía, si sabés que dejo todo como lo encontré.
-Si
ponés esa cara me hacés acordar a cuando eras chiquito. Tus papás no te daban golosinas
y me las venías a pedir a mí. "Nada de caramelos" pero hasta las
lechugas son unos mutantes con agrotóxicos. "Menos gaseosas" pero la
hidrofractura nos contaminó las reservas de agua. Sos un verdadero hijo de la
movida verde, eh. Está bien, vos me podés. Te merecés el departamento, pero ya
sabés las reglas.
-¡Gracias,
gracias, gracias! Sos la mejor.
-Claro,
eso decís ahora.
Romina
cerró la puerta con llave cuando su sobrino se fue.
Por
un momento se quedó frente al espejo de la entrada, analizando los ojos de su
gemela de vidrio. No pudo hacerlo más de unos segundos. Hace años que la mirada
propia se había vuelto más incómoda que cualquier otra.
Pensó:
"fui inteligente, fui generosa". Pero cuando abrió la boca, los
labios se le movieron solos: "fuiste cobarde, Romina".
***
-Podríamos
ver alguna clásica. ¿Conocés a Tarantino?
-No
mucho. Agus, ¿cómo es tu tía?
Almendra
escudriñaba el mueble lleno de libros y de vez en cuando tomaba alguno.
-Eh... En aquella repisa tiene una foto conmigo.
-¿Pero
cómo es su personalidad?
-No
sé, es bastante alegre, informal. A veces un poco melancólica. ¿Por qué?
-La
mayoría de los libros son de terror y misterio.
-¿Qué
tiene? Son gustos. También pinta unos cuadros súper siniestros y es más
inofensiva que un conejito. ¿Qué peli vemos?
Almendra
dejó un libro en su lugar y sonrió. Esa noche vieron “Pulp Fiction”.
Agustino
nunca se había fijado mucho en las particularidades de la biblioteca de su tía. El domingo a la tarde entró solo al
departamento. Después de resistirse unos minutos, fue hacia la habitación. Debajo
de la cama de Romina encontró una veintena de cuadros. Quizás no habían
alcanzado la perfección técnica, pero sin dudas lograban impactar. Daba la impresión
de que cada uno era parte de la misma historia.
Todos estaban firmados con las iniciales R. H. y el año en que habían sido pintados. El más viejo era de 2019.
El
muchacho los dejó en su lugar y se recostó en el sillón. Ya se notaba un cambio
de tonalidades en la luz del ambiente. Oscurecía
inexorablemente y sintió miedo de estar tan solo. El aire se le hacía pesado.
Empezó a ver a su tía cavando una fosa, escondiéndose entre los árboles
grisáceos de los bosques que había pintado, con una cogulla negra que la
protegía de la lluvia. Vio sus manos ensangrentadas y una sonrisa en su rostro
de mujer joven. Dilucidó por aquel gesto que le producía una gran alegría ver
el cadáver aún tibio de Walter.
El maullido estridente del gato, hizo que Agustino se sobresaltara.
***
-Aah, sucucho, dulce sucucho. Por suerte sigue
en pie. Gracias por irme a buscar, nene.
-¿Al final cómo estuvo tu reunión de señoras
literatas?
-¿Señoras literatas? Por favor… Era una
convención llena de frikis. Con tantos efectos especiales y tentáculos, me
sentía en la filmación de “El llamado de Cthulhu”. Y cuando presentaron al
holograma hablante de Howard, casi me muero de susto y emoción. Hay cosas a las
que todavía no me acostumbro.
-Tía…
-¿Sabés en qué estuve pensando? Tengo que
hacerte caso, organizar alguna muestrita con mis cuadros. Obvio que selecciono
los mejores. Supongo que algún contacto me puede conseguir un buen lugar. ¿Te
acordás de lo que hablamos? Me di cuenta de que hay cosas que no cambian. A mí
me sigue gustando el mate aunque la yerba esté a trescientos pesos el kilo. A
la gente le sigue gustando tirarse de una montaña rusa, ver una película de
terror, enamorarse, qué sé yo, le gustan las emociones fuertes, las sensaciones
nuevas. Ahora te muestro mis pinturas y me decís si te parecen lo suficientemente
curiosas, ¿querés?
-Las vi cuando no estabas, tía. Aunque no sean
morbosas como la saga de “Caníbales del Fin del Mundo”, tienen algo oscuro que se
te queda en la cabeza, algo demasiado creíble. Demasiado.
Romina bajó la mirada. La efervescencia de
hace unos instantes era ahora solamente una sombra que se pronunciaba en las
ojeras. Qué sabía su sobrino de cómo se canalizan los dolores. Él, tan joven y
feliz, todavía no tenía idea de que la única manera de olvidar algo que te
carcome por dentro, es con algo peor.
Agustino sintió una culpa inabarcable. Pensó en lo mucho que le gustaba a él verificar
datos históricos, comprobar que las cosas habían sido de una forma y no de
otra, saber qué consecuencias tenía cada crisis, cada guerra, cada atrocidad. Pero por esta vez, que la historia
que contaban aquellas pinturas fuese verdadera o falsa, no importaba.
-A
mí me gustaron mucho. Te va a ir genial, tía.