Sé lo mucho que suelen aburrir las largas reflexiones catárquicas, dignas de psicoanálisis, que abundan en los blogs. Por eso, voy a preferir contarles una nueva historia:
No podría especificar la edad de Lila. Aunque sus facciones eran casi de niña, tenía cierta marca, tal mirada, que la hacían ver de mayor edad que la mía. Cuando la conocí, yo vivía en Capital Federal, había comenzado a trabajar en la Panadería Belgrano y tendría unos 24 o 25 años. No eran buenos tiempos, desde que papá había fallecido yo tenía que ayudar a mi mamá y a mi hermana. Muchas veces, después de estar todo el día entre panes y facturas, hacía algunas changas.
Lila iba de vez en cuando a la panadería y nunca se entretenía más de lo debido. Apenas me miraba, pagaba y volvía a irse, lánguida y triste, por la puerta. Me generaba mucha antipatía. No tenía por qué ser tan seca y poco amable, sobre todo conmigo, que siempre me esmeraba en ser educado y atento con los clientes. Pero esta repulsión estaba acompañada de un gran interés, de una curiosidad creciente y del deseo de saber cómo era la vida de esa mujer.
Cierta tarde de verano, cuando el calor era tal que apenas aparecía gente a comprar, la vi llegar con un vestido violeta claro y su frío semblante intacto, a pesar de la temperatura. La traté con más simpatía de la acostumbrada, pero ella permanecía seria, lejana. Y volvió a desaparecer.
Pero esta vez no me quedé perplejo y apoyado en el mostrador, sino que guiado por no sé que extraño impulso, pedí a un compañero que me cubriera y decidí seguirla. La vi sentarse en la parada de colectivo. Sólo cuando estaba a mínimos pasos de ella, noté que me encontraba haciendo algo raro e ilógico y pensé que lo mejor sería dar media vuelta y volver a mi trabajo.
-¿Me estás siguiendo? -preguntó entonces la joven, que permanecía sentada, dándome la espalda.
Me sentí totalmente avergonzado de la situación. Ni siquiera atiné a inventar una excusa.
-¿Cómo me viste? -pregunté, y me senté a su lado, dándome por aludido.
-Te escuché. El espionaje no es lo tuyo.
A pesar de que esa frase pudiera sonar humorística, su mirada seguía lejana, sus gestos graves y severos. Tenía algo que me asustaba, que me inquietaba, que era difícil de descifrar. Y eso mismo, me atraía de manera incontenible. Sus ojos destellaban bondad y malicia, dulzura y aspereza. Le pregunté su nombre. Sólo entonces, me dirigió la mirada.
-¿A quién le importa cómo me llamo? Lo mismo da que me llames por el nombre que dice en un papel que por el color de mi vestido.
Que extraña muchacha era aquella. Sus palabras destilaban indiferencia, pero todo lo demás en sí manifestaba pasiones, odios, fortaleza.
-Entonces podría llamarte Lila ¿te parece?
Me miraba a los ojos. Esbozó una sonrisa y comenzó a hablarme con una mezcla exquisita de frialdad y calidez.
-Está bien. No me importa cómo me llames. Parecés un buen hombre, de esos que van por la vida sin gloria pero sin pena, de esos que trabajan porque es lo que deben. Vas a formar una familia y hasta tal vez seas feliz. Tu vida de sacrificios va a quedar en la nada cuando, un día como cualquiera, descanses bajo la tierra. Vas a aferrarte a la vida hasta el último momento, no hay nada que te resulte más incomprensible que un suicida. Tal vez tus descendientes te recuerden por un tiempo, pero después vas a ser otra pequeña alma olvidada. Puede que me hayas seguido porque se te hace insoportable que alguien no finja felicidad, eso no cabe en tu mundo de esfuerzos y rutina. Y ahora estás palideciendo porque las verdades repentinas asustan ¿no?. Pero no te preocupes, mañana vas a olvidar lo que te dije y vas a ser alegre y cortés de nuevo. No me mires así, no te espantes de esa forma. No era mi intención.Tal vez yo algún día realice una gran obra de arte, escriba un libro revelador o puede que me tire del balcón mañana . Pero tampoco a mí van a recordarme.
Luego de decir eso, se subió a un colectivo, me despidió levemente con la mano y desapareció, como siempre. Me quedé sentado un buen rato ahí, pálido y con mil palabras en la boca. Si hubiera podido, le habría dicho que estaba muy equivocada, o incluso que era una pobre desequilibrada. Pero el tiempo fue dándole la razón. Volví vacío y perdido en mí mismo a la panadería, no pude atender a la clientela con la simpatía acostumbrada. Soñé con ella varias noches después de aquella tarde.
Pasaron muchos años desde entonces. Ciertamente, logré salir con mucho esfuerzo de la mala situación económica en la que estaba, me mudé a una tranquila ciudad sureña, y, hoy por hoy, tengo mi propia panadería, donde trabajan también mis hijos. Espero la muerte con calma, sé que a lo largo de mi vida hice las cosas bien.
No sé que fue de la vida de Lila. Tal vez logró grandes cosas, tal vez murió esa tarde. No volvió a aparecer en aquella panadería, aunque yo la haya esperado por meses.
De todo lo que me dijo en nuestra breve (y ahora, tan lejana) conversación, hubo algo en lo que no acertó. Cada vez que el cielo patagónico se torna de extraños tonos violáceos y el color lila tiñe el anochecer, me lleno de nostalgia, evoco a mi juventud, y ocurre algo mágico e inevitable, al menos yo, la recuerdo.


