viernes, 17 de mayo de 2013

Los hombres de arena


Las mejores películas terminan en despedidas. O por lo menos, así pasaba con las que le gustaban a ella. Me dijo que los finales no existían, que las historias estaban recomenzando siempre, que todo lugar era reemplazable. Eso último me dolía. 
Pensé en enmarcar nuestra única foto juntos y regalársela, por si algún día la necesitaba para darle una utilidad parecida a la que vimos en "El efecto mariposa". Era un regalo viable, teniendo en cuenta que me insultó cuando le llevé un oso de peluche, diciéndome que estaba hecho por nenes taiwaneses de 13 años que trabajan 15 horas al día. No supe que decirle. A veces la detestaba un poco.
Recuerdo cuando me preguntó qué era lo que esperaba de mi vida, lo que realmente quería. Después de decirle varias veces que no sabía, le respondí "Quiero tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro". Supuse que eso le iba a parecer bien, y la miré buscando esa aprobación que siempre esperaba encontrar, casi obsesivamente, en ella. Me dijo que era un conformista. 
-Pero entonces, ¿cómo haría para perdurar? Siempre te dije que no quiero ser otro grano de arena.-la desafié.
-Es probable que un solo grano de arena perdure mucho más que cualquier intento de inmortalidad que quieras hacer vos. A menos que te vuelvas un hombre de arena. Pero claro, a vos no te gustaría eso de que el viento te revuelva las pisadas.
Y así discutíamos horas, hasta que me daba cuenta de que cuanto más trataba de convencerla de algo, más terminaba absorbiendo sus pensamientos e incorporándolos a mi cabeza. 
Un día me propuse serle indiferente. Cuando me vino a buscar le dije que no quería verla, que iba a terminar odiandola. Entró igual a mi casa y me contó la historia de un escarabajo. Lo increíble era que la vida de ese bicho se parecía demasiado a la mía. Y al final dijo que si el escarabajo dejaba de tener miedo, iba a poder vivir alegre y cantar rancheras en las noches de luna sonriente, tocando violines de caña y tomando jugo de papaya. No podía odiarla, nunca iba a poder odiarla.
Pensé en seguirla, acompañado de una música de fondo, corriendo con una rosa chamuscada en la mano. Pero me había contentado con agitar el brazo y tragarme el dolor.
Ahora no importa. Los hijos, los árboles y los libros no son míos. Ella tampoco. Pero a mí me basta con lunas sonrientes y violines de caña. De revolver las pisadas en la arena hasta borrarlas se encarga el viento.