Me sentí en un mundo apelmazado, a medio camino entre lo tangible y lo etéreo. Todo era como terracota. Todo era moldeable. Pero no era fácilmente manipulable por mis manos, porque ellas también eran arcilla indefinida. Y también lo eran la pared, el aire y las ideas. No eramos nada, eramos el todo. No puedo aclarar si se trataba de materia o de energía. Pero sé que nuestro elemento era la tierra. Eso era lo más extraño. Si hubiera querido imaginar a consciencia un alma, esta hubiese sido de cualquier elemento: aire, fuego, agua. Pero, ¿tierra? Después recordé al hierro, al calcio y a otras inertes partículas que la forman. Y que son las mismas que las de mis huesos. ¿Por qué la tierra, con su batallón de descomponedores, con su insondable oscuridad, deja como último testimonio de nuestra humanidad a esos huesos, comunes a todos nosotros, comunes a estos seres empeñados en basar su existencia en las diferencias ínfimas que poseen entre sí?
Somos tierra también. Somos ese polvo de origen legendario. ¿Cuántos espíritus se resecan y se agrietan, se descascaran, se corrompen? ¿Cuántos pensamientos son moldeados con instinto creador, cual dioses de antaño?
Compensamos con alas de metal la pesadez de los huesos que nos ataban al suelo. Manipulamos el terreno, lo sacrificamos en pos de alcanzar a las criaturas del aire o de mantener un fuego eterno que se combustiona con las entrañas del mundo o de usar la fuerza incontenible del agua para propósitos frívolos.
Pero al final no importa. Tampoco importan las nimiedades que nos separaron de los otros hombres y mujeres. La tierra se lleva consigo todo lo que alguna vez fuimos. Ahora ella nos corrompe los huesos. Ahora volvemos al lugar de donde vinimos.