El fin de semana, sin Internet y acompañada de una inspiradora lluvia, la calma dió lugar a una pequeña historia, que a continuación les presento:
Caminaba apresurado por el pueblo de su niñez. Las
casas eran las mismas que había visto la última vez que estuvo allí, pero
estaban pintadas de colores vibrantes y tenían enormes y extrañas
inscripciones. Gente conocida y desconocida lo saludaba con gestos y ademanes
en cámara lenta, contrarios a la prisa del muchacho. Esa lentitud lo desesperaba.
Se detuvo frente a una mujer, cuyo rostro le
resultaba llamativamente familiar.
-¿Por qué se mueven todos tan lentamente? ¿Qué les
pasa?
La dama sonrió levemente. Por momentos le recordó a
su madre, pero luego le resultó parecida a su primer novia, a la anciana que
siempre barría la vereda frente a su departamento, a la extravagante muchacha
con la que había bailado una vez hace años, y así, a decenas de mujeres que
había visto a lo largo de su vida. El rostro era de todas y no era de ninguna,
al mismo tiempo.
Después, aquel rostro de mujer se tornó serio y le
respondió:
-Tal vez vos te estás moviendo demasiado rápido. ¿Por
qué estás apurado si no tenés donde ir? ¿Por qué la prisa?
El joven quedó inmóvil. Hubiera querido responder
pero le fue imposible, ningún sonido brotaba de su boca.
Despertó. Hacía meses que no soñaba nada, mucho
menos algo tan claro y verídico. Estaba en su minúsculo departamento. Sólo veía
nubes grises y edificios del mismo tono a través su ventana.
Mientras trataba de descifrar el sueño, preparó unos
mates y repasó por enésima vez los temas que debía rendir para un final. Después
de un buen rato de monotonía, buscó un abrigo y salió a dar una vuelta. También
llevaba consigo un libro de Kafka.
Su anciana vecina estaba barriendo la vereda.
Inconscientemente, esta vez saludó a la mujer con más cortesía. El muchacho
caminó unas cuantas cuadras, hasta que divisó su árbol preferido, enorme y
antiguo, en una de las plazas más tranquilas del centro de la ciudad.
Inmediatamente, se sentó bajo su protección y se sumergió en la lectura. No
notó que las nubes desaparecían y que el sol se posaba imponente en el cielo.
Sólo volvió a la realidad cuando escuchó que alguien se acercaba.
Vio de reojo a un nene de unos seis o siete años, de
la mano de una mujer joven. Venían riendo sonoramente y se sentaron cerca suyo,
seguramente buscando la sombra del gran árbol.
Ya absolutamente distraído de su lectura, el muchacho
cerró el libro y se dispuso a levantarse.
-¿Por qué la prisa?
Al escuchar las mismas palabras que había oído antes
de despertar, desvió bruscamente su mirada hacia sus nuevos acompañantes. La
dueña de esa voz era una joven algo menor que él, que bajo el flequillo oscuro
y las pobladas cejas, lo miraba con ojos límpidos y calmos. Tenía en sus manos
una especie de fuente enorme, cubierta por un florido repasador. El niño que la
acompañaba tenía la vista clavada en la llamativa portada del libro de Kafka.
El muchacho quedó atónito frente a esas palabras,
tal como le había pasado en su sueño.
-No quisimos molestarte, pero el sol empezó a pegar
fuerte. El Juani ya se me estaba cansando -añadió la joven, y acarició la
frente del nene. Este seguía mirando al colorido libro sin ningún tipo de
disimulo- No hace falta que te vayas, podemos compartir la sombrita. Ah, y algo
dulce también.
La humilde muchacha sacó el repasador de la fuente.
En el fondo tenía sólo un par de alfajores de maicena y le extendió uno al
joven.
Conmovido ante tanta sencillez, él lo tomó y
permaneció sentado, casi inmóvil.
-Gracias –dijo finalmente. Percatado del interés de
Juani en su libro, se lo pasó.- Es una historia bastante complicada, pero el
dibujo está lindo ¿no?
Juani sonrió. Ni siquiera lo abrió, tal vez apenas
entendía el título. Pero no dejaba de repasar la imagen de portada con sus
pequeños dedos.
-Soy Pablo. ¿Hace mucho rato que andan vendiendo? No
tengo ni un peso encima para pagarte el alfajor…
-No importa, era para compartir. –dijo ella con su serena mirada- Sí, empezamos bien tempranito hoy. Él es mi hermano Juani y yo soy
Clara.
Luego de presentarse, los jóvenes comenzaron a
charlar bajo la sombra de aquel árbol, protegidos del fuerte sol de la
incipiente primavera. Clara le contó que tenía más hermanos, que quería
terminar el colegio, que necesitaba ayudar a su mamá. Pablo le habló de su pueblo,
de por qué quería ser contador, de lo solo que se sentía a veces en la gran
ciudad. Mientras tanto, Juani corría palomas con el libro de Kafka bajo el
brazo.
-Clara, ¿puedo hacerte una pregunta antes de que te vayas?
¿Vos a dónde vas, a dónde querés ir? No me refiero a dónde vas a irte ahora,
sino que hablo de la vida, de…
-Seré un poco bruta pero entiendo lo que me estás
preguntando- interrumpió ella con una sonrisa amplia- Yo voy donde tenga que
ir, donde me necesiten. No hace falta saber por qué, solamente es necesario
estar ahí.
Pablo la escuchaba con atención. Él no tenía una
visión tan clara de las cosas, esto lo ayudaba a descubrir lo que era tener los
pies sobre la tierra de nuevo. Ella también fundía en su rostro muchas caras,
como la mujer del sueño.
-A lo mejor tenés razón. Por ahí yo necesitaba
hablar con vos hoy y por eso estás acá. A veces me gustaría ver las cosas de
una manera así de sencilla, pero simplemente no puedo. A veces me pierdo tanto
buscándole un sentido a las cosas, que dejan de tenerlo. Creo que estoy apurado
por llegar a ningún lado.
La calma no desaparecía en ningún momento de los
ojos de la muchacha, que escuchaba a Pablo con dulzura, con comprensión.
-Necesitaba hablar con alguien Clara, gracias. ¿Voy
a volver a verte?
-Seguro, siempre ando por acá. Y no sólo yo, sino
que cientos de personas pasan cerca tuyo sin que vos notes su presencia. Por
supuesto que no por todas, pero por algunas vale la pena frenar el paso.
Después de decir eso, llamó a su hermano, tomó la
fuente que ahora estaba vacía y se despidió. Pablo le regaló su libro a Juani,
a pesar de las quejas de Clara. “Gracias por el escudo mágico. Cuando lo uso,
las palomitas creen que yo soy un cazador de dragones” había dicho el nene
antes de irse. Tal vez usándolo de esa forma, Juani lo estaba disfrutando mucho
más.
Camino a su departamento, Pablo percibió la realidad
de una manera distinta. Notó detalles en los que nunca había reparado, personas
que siempre veía pero nunca miraba. Descubrió que su nuevo ritmo calmo
contrastaba con el de mucha gente, pero también era el mismo que el que
llevaban muchos otros. Antes de entrar al departamento, conversó un rato con su
vecina, que esta vez no barría la vereda
sino que sólo disfrutaba del sol de la tarde.
La vida se le antojó alegre. “¿Por qué la prisa?” se
preguntó sonriente el muchacho.