Se volvió de repente como aquel pobre monstruo del cuento de Lovecraft. De nada había servido conocer tantos personajes mediante los libros de su calabozo subterráneo si allí no había espejos para vislumbrar su propia humanidad. Humanidad que no tenía, según los aterrados hombres que le huyeron esa noche en que logró escapar.
¿Qué sabían ellos de sus anhelos de luna, de amor, de prados verdes?

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