Este es el mío -se dijo Eduardo- ¡al fin llegó!Contento y silbando bajito, se subió al tren. Se acomodó en un vagón semivacío, cerca de la ventanilla. El sol estaba paralelo a los árboles, en ese punto en que las ramas son el único obstáculo y el suelo parece rayado de luz y sombra.
Eduardo se sacó los lentes, no los iba a necesitar. Al fin y al cabo las caras borrosas al menos albergan la posibilidad de la simpatía y, por otro lado, los atardeceres desenfocados recuerdan a películas con bonitas bandas sonoras.
Tan feliz y satisfecho iba el hombre mientras el paisaje cambiaba, que no podía evitar sonreír ante esa melancolía dulce con gusto a infancia. Entonces se sacó el audífono que llevaba en el oído izquierdo, tampoco era necesario para este viaje. El bullicio cercano se volvió un murmullo, el traqueteo del tren sonaba como un ronroneo.
Se sintió acunado. En los pliegues infinitos de su rostro sentía la caricia del sol flaco. Y en sus ojos entrecerrados, un fulgor que era lágrima, que era luz cálida.
A pesar de que no podía ver ni escuchar del todo lo que estaba pasando alrededor, una vez que cerró los ojos encontró la imagen vívida de esa mañana: una manito que se agitaba y un "¡Chau abuelo!".
Entonces Eduardo reaccionó, se puso sus lentes y el audífono, bajó en la estación siguiente y pensó:
-Puedo esperar mi tren, puedo esperar.
