domingo, 4 de mayo de 2014

El último tren

Este es el mío -se dijo Eduardo- ¡al fin llegó!
Contento y silbando bajito, se subió al tren. Se acomodó en un vagón semivacío, cerca de la ventanilla. El sol estaba paralelo a los árboles, en ese punto en que las ramas son el único obstáculo y el suelo parece rayado de luz y sombra.
Eduardo se sacó los lentes, no los iba a necesitar. Al fin y al cabo las caras borrosas al menos albergan la posibilidad de la simpatía y, por otro lado, los atardeceres desenfocados recuerdan a películas con bonitas bandas sonoras.
Tan feliz y satisfecho iba el hombre mientras el paisaje cambiaba, que no podía evitar sonreír ante esa melancolía dulce con gusto a infancia. Entonces se sacó el audífono que llevaba en el oído izquierdo, tampoco era necesario para este viaje. El bullicio cercano se volvió un murmullo, el traqueteo del tren sonaba como un ronroneo.
Se sintió acunado. En los pliegues infinitos de su rostro sentía la caricia del sol flaco. Y en sus ojos entrecerrados, un fulgor que era lágrima, que era luz cálida.
A pesar de que no podía ver ni escuchar del todo lo que estaba pasando alrededor, una vez que cerró los ojos encontró la imagen vívida de esa mañana: una manito que se agitaba y un "¡Chau abuelo!".
Entonces Eduardo reaccionó, se puso sus lentes y el audífono,  bajó en la estación siguiente y pensó:
-Puedo esperar mi tren, puedo esperar.

martes, 4 de marzo de 2014

La revista del domingo

-Mirá esto, aparecen artículos sobre el estrés y la depresión hasta en la sopa. ¿No te digo yo? A la gente la enferman.
-Sí, no sé. Yo me estuve sintiendo un poco reprimida.
-¿Deprimida?
-No, reprimida. Con ganas de salir corriendo.
-¿En qué sentido?
-Es como si este no fuera ni mi lugar ni mi tiempo y tuviese que encontrar el indicado.
-Ah. No te preocupes, a mí en el laburo me dan ganas repentinas de estar en una hamaca paraguaya con una cocada...
-No, esto va más allá de eso. A veces me quiero escapar de este cuerpo. Me siento maniatada. Estoy en medio de cualquier situación cotidiana y de repente me asalta una sensación fuertísima de descontento, de desorientación. ¿Nunca lo notaste? Me voy, me pierdo. Sigo acá pero no estoy. Siento que no soy mi yo verdadero. Y no sé cómo repararlo. Es como ese peso invencible que no te deja salir corriendo en los sueños. ¿Entendés? Todo me parece una ilusión de la que me tengo que escapar.
-Ah, claro. Che mirá, en la misma revista hay un artículo sobre las propiedades benéficas del tomate. Tendríamos que comer más ensalada.

martes, 14 de enero de 2014

Espectro

Una caricia fantasma. Como el que pierde una pierna y continúa sintiéndola.
Escuchaba "Angie", tal vez por intensificar ese gusto a tristeza justificada. Claro, si de esto hablan de pronto todas las canciones del mundo. Hubiese sido lo mismo si miraba por la ventana o charlaba con el gato. No era el masoquismo de buscar tristeza escondida, era que ella aparecía por donde se le antojara. 
Tanto por perder. Los días se vengan, no les gusta que la gente especule con ellos. Se enojan con el artista que decide trabajar en un estudio contable y con quien construye ciudades en las nubes. 
Odiaría decir que algo de esto estaba escrito, pero no tengo espacio para abarcar ningún tipo de odio. Otro tipo de sentimiento ya se expandió y colapsó cada fibra. Y ahora son tan pocas las cosas que importan.
Como en las historias de esos espíritus que por alguna razón no quieren abandonar los lugares en los que fueron realidad, así es el espectro de esta caricia. Maldiciones sin cura inmediata. Embrujo a prueba de olvido.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Semejanzas

Pocas cosas me hubiesen divertido más que pasar esas semanas leyendo a filósofos moralistas alemanes, sólo por el placer de descubrir sus mentiras. Por esos días también trataba de aprender la Polonesa  Heroica en el piano. 
No es que yo fuera un tipo amante de lo excéntrico, pero había descubierto que nada caía peor que yo llegara de zapatos lustrosos y ropa sobria y oscura contrastando con mi palidez casi enfermiza, y comenzara a hablar con propiedad y a halagar a Frédéric Chopin. Era mi manera preferida de irritar. No lo hacía como un gesto de arrogancia ni de actuada superioridad sino porque solía caer muy mal: era la forma de mostrarme en descontento con todo lo que me rodeaba. Cuando una persona mayor me halagaba por mi comportamiento y expresaba que sería bueno que mis pares actuaran a semejanza, me corrompía el desprecio y me esforzaba por dejar al adulador como un ignorante, le escupía la cara de manera verbal.
Pero a quien conocí por entonces no le contentaba lo verbal y llevaba los escupitajos a la práctica siempre que tenía oportunidad. La primera vez que lo vi, admito que me inspiro más risa que miedo, respeto o rechazo, que supongo que era lo que se proponía lograr. Llevaba un pantalón de tela escocesa roja y una remera ajada con inscripciones en inglés. Tenía un gesto de rudeza imitada, tachas y otros artilugios de metal por doquier y un peinado mohicano muy bien logrado.
"Pichón mal aprendido de Nietzsche" pensé al pasar. O murmuré. O dije en voz alta, probablemente. El sujeto en cuestión me miró sorprendido y citó:
-"El individuo siempre ha tenido que luchar para no ser absorbido por la tribu. Si tratás de hacerlo, estarás constantemente sólo y algunas veces temeroso. Pero no hay precio demasiado alto que pagar por el privilegio de ser tu propio dueño".
-¿Usuario de Tumblr o una página parecida?- me burlé.
-No: pichón mal aprendido de Nietzsche.
  
Sería interesante contarles que nuestro encuentro terminó mal, pero sonrió y yo vislumbré un sincero gesto de complicidad que me enorgullece mantener. Pasé el resto de ese verano tratando de combinar a Chopin con Sex Pistols.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Repeticiones

La repetición monótona del lorito de alas cortadas la estaba poniendo nerviosa. Le habían pedido que espere en ese banco despintado hace buen rato atrás y ya había recorrido con la vista cada rincón del jardín enorme y verde, donde el verano parecía ser inquilino.
Finalmente apareció Beba. Traía una especie de cuaderno de cuero enorme entre las manos. Le dirigió unas palabras cariñosas al lorito y se acercó a la mesa.
-¿Cómo se llama?- le preguntó la visitante a Beba.
-Pepe. Los loros buenos siempre se llaman Pepe.
La muchacha estaba dispuesta a nombrar excepciones, pero seguramente sería una pérdida de tiempo. Y ya no le sobraba, tenía un ensayo más tarde. Prefirió asegurarse de que le habían traído lo prometido.
-¿Acá está la foto?
-Acá hay fotos y más también.
Tomó el tosco álbum y empezó a recorrerlo. Beba no se molestó en explicar mucho, prefirió intercambiar monosílabos con Pepe.
Después de pasar la mitad de las páginas oscuras, finalmente encontró lo que buscaba.
-¿Es ella?
Beba se quedó atónita y por esta vez sí prestó atención. La respuesta era muy obvia. Miró a la muchacha y volvió su vista hacia el álbum nuevamente.
-¿Puedo dejarmela? -inquirió la chica.
La anciana titubeó pero aceptó. Después de todo, ya tenía suficientes elementos para juntar polvo y manchas de humedad. No iba a echar de menos el retrato de aquella tía lejana, o amante de un abuelo o antigua vecina de su familia, que posaba con una mirada romántica a juego con su violín. Al fin y al cabo, la visita parecía ser la dueña legítima de aquello.
Antes de cruzar el jardín en dirección a las rejas ocres del portón, la joven le preguntó a Beba si creía en las reencarnaciones.
-Nena, me extraña. Te avisé que tenía la foto de alguien parecida a vos, pero no es para que empieces a creer en cuentos chinos y cosas raras. De las casualidades se aprovechan los astrólogos, los curanderos y otras lacras para robarle a la pobre gente. Andá, andá, que no quiero volverme una vieja entretenedora.
La muchacha se fue con la foto en una mano y su violín en la otra. Antes de atravesar el portón, giró para saludar a Beba. La misma mirada, el mismo gesto de la mujer del retrato desteñido.
Beba sintió un escalofrío. Buscó al lorito y se metió en su casa, mientras maldecía al rocío de la tardecita que le ponía los huesos a la miseria.

Los ojos que rieron

Siempre iba a parar a los mismos lugares: los escalones frontales de la municipalidad, el puente de cemento, la vereda levantada por raíces añejas en la calle Santa Fe. Su recorrido no era planificado sino inevitable.
A veces (cuando la brisa era suave y el sol tibio) se sentía de buen humor y su paseo incluía una visita a la herboristería. Consideraba que cada producto del local carecía de una utilidad real, pero iba igual. La empleada era una joven de ojos muy redondos y llevaba colgados infinitos collares de colores. De vez en cuando le recomendaba un nuevo té, una semilla de nombre impronunciable, unas galletas cuyo componente principal era el aire. Él sabía que cada visita a ese lugar le ocasionaba dolor al final. "Ojalá pudiera, como aquel escritor querido, demostrar que hay otro en mí que no es tonto" se dijo el hombre de rasgos apagados.
Después de pasar por mil libros y sus correspondientes mil crisis existenciales, se había autodenominado bohemio. En sus años mozos hubiese despreciado su condición actual de casi cuarentón que vive de la jubilación de una madre devota, pero ahora no se molestaba en inventar reproches.
Cuando creía ver a algún antiguo colega o ex alumno en la calle, simplemente se escondía en su sobretodo desteñido o se cambiaba de vereda. Mal que le pese, algo de su estado actual debía avergonzarlo. Tantos años dedicados a la Historia, al pasado, fueron echados a la borda por una impulsiva manía hacia el futuro. Y mientras tanto, su presente se hundía en el patetismo.
Después de una de sus visitas a la herboristería, cuando el sol se le antojaba caprichoso ante su mandato de desaparecer, se miró en el minúsculo espejo del baño y no pudo hacer más que sonreír. No entendió si eso era una burla hacia él mismo, pero siguió sonriendo. Alrededor de sus ojos, la piel se plegaba como nunca. Recordó máscaras que asustan, abuelas que fregan, manos cayosas que amasan el pan. Por el ventiluz se entrometía un rayo anaranjado.
Y así, como quien se percata de que dejó algo olvidado, movido por fuerzas milenarias, atravesó las calles hasta encontrar aquel local con olor a incienso y persianas a medio bajar. Un tintineo de perlitas plásticas se acercaba a él.
Ya de vuelta en su casa, pareció notar que las marcas que envolvían sus ojos habían aumentado. Frente al tipo del espejo que ya no era un extraño, no pudo evitar reír, de la forma más pura y sincera que hubiese experimentado jamás.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Meteoritos


Como estaba cansado de no sentir, respiró profundo y se fue. Tenía ganas de provocar una catástrofe, de ser el primer eslabón de una cadena incontenible. 
Apagó el pucho. Si Cinthia había resultado una más no era culpa de ella ni de él. Después de todo, habían sido muchos meses de ilusión impagable.
La vereda y el frío. Las viejas de bufanda lo miraban con intriga, con desconfianza. Y a pesar de la seriedad exterior, se sonreía internamente. 
Empezó a caminar, esperando que su plan maestro apareciera de la nada. O deseando que cayera un meteorito en la esquina. 


-Se complica, ¿no?
-¿Qué cosa?
-Todo esto. El hecho primordial de que estemos destinados a las conversaciones imaginarias.
-A mí no me molesta.

Dobló en la esquina. Probablemente nunca vería caer ningún meteorito.

martes, 10 de septiembre de 2013

Otro sentido no hay

Si palabras bonitas hay muchas y pueden matar igual.
Él corría. Y ellas iban detrás.
No sé que creyó. Imaginó mal.
No era esa imagen simétrica de dulzura superficial.
No, ¡yo no bailo tap!
Gritarle en la cara hasta desbarrancar.
Otra peluca telefónica que va y va.
¡No señor, yo no soy un congelado mar!
Guarde sus patines, acá no se viene a jugar.
¡Muerte al cascarón! ¡Muerte al frigobar!
¿Sentido? Sentido es mi pésame.
Otro sentido no hay.
Que se queme en su fuego, que disfrute su sal.
Que arda y se revuelque.
Que renazca y se vaya de acá.
Mi corazón no es carne, no es cajita de cristal.
Es un puño cerrado, con melodía impar.
Y si el suyo es zamba con un acorde de paz,
¡yo no lo creo, enjuto animal!
Mire sus cadenas, ni es criollo ni es zorzal.
Usted tiene dueña, usted carece de libertad.
¿Sentido? Sentido es mi pésame.
Otro sentido no hay.

Tu historia


Deberías evitarlo. Mirala bien. Ajena al mundo, en ese banco de plaza roído, empuña el lápiz con ingenuidad. Y no sabe que tal vez tiene en sus manos una obra maestra. ¡Esa que jamás podrás escribir! Sigue. Y vos incapaz de hacer algo. Narra lo que nunca se te va a ocurrir. Todos sabemos de tu ineficiencia. Bastaría un corte certero... ¿No te parece? Y el pulso cayendo por el precipicio. Los ojos sin mirada. ¿Bastaría? La herida destilando la vitalidad perdida en tonos carmesí. 
Nunca más oír de lejos su risa de gorrión lastimado. Y vos con una gran historia para contar. Los lectores aman los relatos de asesinos. Continuá observándola, el lápiz se le desliza casi más rápido que la mano, pero no tan veloz como las ideas que le corren adentro. No, vos no podrías inventar una historia magnífica como la de ella. Pero nadie te pide una ficción, pequeña mía. Los escritores son grandes mentirosos. Son mentirosos profesionales que encausaron de forma correcta su habilidad. Pero vos no lo sos, mi niña. Nadie pide que tu gran historia de asesinos sea una fantástica mentira. No tendrías porqué. Mirala. Un corte certero. ¿Qué esperás? Tu historia va a ser increíble.

De hombres y monstruos

Se volvió de repente como aquel pobre monstruo del cuento de Lovecraft. De nada había servido conocer tantos personajes mediante los libros de su calabozo subterráneo si allí no había espejos para vislumbrar su propia humanidad. Humanidad que no tenía, según los aterrados hombres que le huyeron esa noche en que logró escapar.
¿Qué sabían ellos de sus anhelos de luna, de amor, de prados verdes?