miércoles, 23 de octubre de 2013

Meteoritos


Como estaba cansado de no sentir, respiró profundo y se fue. Tenía ganas de provocar una catástrofe, de ser el primer eslabón de una cadena incontenible. 
Apagó el pucho. Si Cinthia había resultado una más no era culpa de ella ni de él. Después de todo, habían sido muchos meses de ilusión impagable.
La vereda y el frío. Las viejas de bufanda lo miraban con intriga, con desconfianza. Y a pesar de la seriedad exterior, se sonreía internamente. 
Empezó a caminar, esperando que su plan maestro apareciera de la nada. O deseando que cayera un meteorito en la esquina. 


-Se complica, ¿no?
-¿Qué cosa?
-Todo esto. El hecho primordial de que estemos destinados a las conversaciones imaginarias.
-A mí no me molesta.

Dobló en la esquina. Probablemente nunca vería caer ningún meteorito.

martes, 10 de septiembre de 2013

Otro sentido no hay

Si palabras bonitas hay muchas y pueden matar igual.
Él corría. Y ellas iban detrás.
No sé que creyó. Imaginó mal.
No era esa imagen simétrica de dulzura superficial.
No, ¡yo no bailo tap!
Gritarle en la cara hasta desbarrancar.
Otra peluca telefónica que va y va.
¡No señor, yo no soy un congelado mar!
Guarde sus patines, acá no se viene a jugar.
¡Muerte al cascarón! ¡Muerte al frigobar!
¿Sentido? Sentido es mi pésame.
Otro sentido no hay.
Que se queme en su fuego, que disfrute su sal.
Que arda y se revuelque.
Que renazca y se vaya de acá.
Mi corazón no es carne, no es cajita de cristal.
Es un puño cerrado, con melodía impar.
Y si el suyo es zamba con un acorde de paz,
¡yo no lo creo, enjuto animal!
Mire sus cadenas, ni es criollo ni es zorzal.
Usted tiene dueña, usted carece de libertad.
¿Sentido? Sentido es mi pésame.
Otro sentido no hay.

Tu historia


Deberías evitarlo. Mirala bien. Ajena al mundo, en ese banco de plaza roído, empuña el lápiz con ingenuidad. Y no sabe que tal vez tiene en sus manos una obra maestra. ¡Esa que jamás podrás escribir! Sigue. Y vos incapaz de hacer algo. Narra lo que nunca se te va a ocurrir. Todos sabemos de tu ineficiencia. Bastaría un corte certero... ¿No te parece? Y el pulso cayendo por el precipicio. Los ojos sin mirada. ¿Bastaría? La herida destilando la vitalidad perdida en tonos carmesí. 
Nunca más oír de lejos su risa de gorrión lastimado. Y vos con una gran historia para contar. Los lectores aman los relatos de asesinos. Continuá observándola, el lápiz se le desliza casi más rápido que la mano, pero no tan veloz como las ideas que le corren adentro. No, vos no podrías inventar una historia magnífica como la de ella. Pero nadie te pide una ficción, pequeña mía. Los escritores son grandes mentirosos. Son mentirosos profesionales que encausaron de forma correcta su habilidad. Pero vos no lo sos, mi niña. Nadie pide que tu gran historia de asesinos sea una fantástica mentira. No tendrías porqué. Mirala. Un corte certero. ¿Qué esperás? Tu historia va a ser increíble.

De hombres y monstruos

Se volvió de repente como aquel pobre monstruo del cuento de Lovecraft. De nada había servido conocer tantos personajes mediante los libros de su calabozo subterráneo si allí no había espejos para vislumbrar su propia humanidad. Humanidad que no tenía, según los aterrados hombres que le huyeron esa noche en que logró escapar.
¿Qué sabían ellos de sus anhelos de luna, de amor, de prados verdes?


sábado, 10 de agosto de 2013

Desliz metafísico


-Es que te contradecís, Claudio. Todo tu "bla bla bla" metafísico es una mentira. Por ejemplo, si...
-Un segundo, ¿desde cuándo usás palabras como "metafísico" vos? 
-Desde que leí al señor de rasgos de centauro.
-¿Rasgos de centauro?
-Sí, no me mires así, es un lindo piropo que te comparen con una criatura mitológica, a Julito le hubiese encantado. Aunque en realidad no sé, a mí no me gustaría que me dijesen sirena. Hace poco vi un documental que decía que existen, hasta explicaba su evolución desde un mono marino que...
-¿Julito? ¿Nombrás a escritores célebres como si fuesen tus amigos de toda la vida? Volvamos al tema: yo no me estoy contradiciendo. Si lo decís por lo de la otra noche, tiene una explicación. ¿Cómo se llamaba ese inglés psicodélico, el que vivía de viaje en viaje, ese que idolatrabas tanto? Él tiene la respuesta justa.
-¿John Lennon? ¿Imayin ol de pipol livin laif in pis?
-No, el escritor. Si no era inglés, era yanqui.
-¡Ah, Aldito! ¿Qué tiene que ver con esto?
-Sí, "Aldito". Bueno, ¿él no decía que la gente necesita un escape, perder su rol, olvidar su "yo" mediante algún método, aunque sea por un rato? Explicaba que es lo que siempre buscó la humanidad, descubrir otra percepción de las cosas. ¿O no? Miles y miles de años de historia de la uva fermentada me abalan. ¿Que me decís de la veneración a Dionisio? Yo no me contradigo. Mi metafísica se lleva perfectamente bien con lo que pasó. Contradicción era la de aquel señor que escribía sensiblerías de amor a la humanidad mientras él se refugiaba en su casa huraña. Contradicción es que Marilyn haya sido una depresiva amante de las poesías tristes...
-Y de los hermanos Kennedy.
-No viene al caso. 
-Ay Claudio, ningún palabrerío justifica lo que pasó en el casamiento de tu hermana. Te llenás la boca de teorías y monodiálogos que quedan en la nada. Tus ideales se desvanecen como por obra de Merlín. ¿Dónde queda tu cosmovisión espiritual después de revolcarte en el fango de la indignidad, en el lodazal de la incongruencia? 
-¿Qué?
-Que sos un pelotudo, Claudio. Creí que con esas palabras que te gustan tanto te iba a quedar más claro. Igual no es tu culpa. Esto es por tu mamá y la sobreprotección que tuvo y sigue teniendo con vos. Entre el complejo de Edipo y el narcisismo avanzado...
-Otra vez sacando a la luz tu deseo reprimido de ser psicóloga. Yo no sé porqué no lo admitís de una vez.
-Porque veo a la terapia como un afano y no podría laburar de algo en lo que no creo. Sería una contradicción imperdonable. Y ya tenemos bastante con las tuyas. 
-A lo mejor deberías probar con algunas sesiones.
-...
-Era un chiste che, no discutamos más. Mirá el lío que armamos por un desliz metafísico insignificante. 
-¿Desliz metafísico? ¡Claudio! Estabas totalmente poseído gritando "¡Despójense de sus yoes!" arriba de la mesa de la torta, rodeado de señoras mayores, cubierto apenas por tus calzoncillos de Batman.

sábado, 20 de julio de 2013

Desarraigo

A continuación, un fragmento de un interesantísimo artículo publicado por la Lic. Sandra Gandall en la prestigiosa revista Neo Psychology:


"[...] hemos comprobado que en un buen porcentaje de las personas próximas a experimentar un cambio trascendental en sus vidas, como en el caso de un joven que decide irse a vivir lejos de su ciudad natal, se observan actitudes de desarraigo y una tendencia a enfrentarse con el mundo que está dejando. Un sentimiento de desenfado y cambios bruscos en la personalidad son la válvula de escape que sirve para atenuar una futura sensación de vacío y de tristeza. De esta forma, odiando un poco al lugar que se está abandonando se minimizarán los temores a lo nuevo. Además, provocar problemas y discusiones con el ámbito que se dejará de frecuentar, es una posible garantía de que las ganas de volver al hogar sean mucho menores.
Está comprobado, en el caso de estos jóvenes, que si además tienen un poco de imaginación, también recurrirán a otro tipo de autoengaños psicológicos semiconscientes. Por ejemplo, pueden escribir en su blog un artículo absolutamente inventado de una posible explicación a lo que están experimentando. Incluso, pueden decir que en realidad fue escrito por una tal Sandra para no sé que revista imaginaria. Y de paso, demostrar que fantochadas como estas las puede escribir cualquiera."

miércoles, 17 de julio de 2013

El pibe de la capucha

Toda la gente solitaria, ¿de dónde viene?
Toda la gente solitaria, ¿a dónde pertenece?


Caminar en círculos. Las cuadras monótonas. El sol clausurado. La calle gris, el invierno también.
Un nene va solo. La ropa sucia y la mirada dulce. Revisa todo, agarra un palito, lo vuelve a dejar, se pierde en una esquina. Su soledad me muerde el alma. 
Yo voy como él. Me escapé de los gritos y los muros. Hamacas desiertas. Una es para mí. La gente pasa sin ver. Nadie recuerda ocuparse jamás de las soledades ajenas.
Policías comprando cigarrillos. Más acá, un hombre desgarbado saluda a otro corpulento y le pide plata. El pibe de la capucha se acerca. Miradas que bajan. Sí, lo reconozco, sin dudas. Se pierde también. Yo vuelvo a andar. Nadie sabe donde estoy y probablemente tampoco importe. Pasan colectivos pero los bolsillos están vacíos. El viento frío golpea en la garganta. Los ojos acuosos ganan brillo. 
¡Y que la lágrima salada resbale, es por la basura volátil, es por el viento! No se te ocurra creer que es por el mundo y sus penas, no se te ocurra pensar en los sufrimientos que nadie quiere oírte contar, en todo lo que soportás por los errores ajenos, ni mucho menos creas que es por esa indiferencia asquerosa que te escupe a vos, al nene del buzito roto, al pibe de la capucha, al alcohólico que quería unos pesos. ¡Que caiga niña, que caiga! ¡Es el viento lo que la hace resbalar! ¡Que acaricie la mejilla y se hunda en el escote! A nadie puede importarle. 
¿A dónde va toda esta gente solitaria? ¿Tienen quién los espere?  A veces me parecen almas más nobles éstas que aquellas que conocen muchas compañías, menos la propia, rodeados de gente pero sintiéndose más solos que el mismísimo pibe de la capucha.

viernes, 17 de mayo de 2013

Los hombres de arena


Las mejores películas terminan en despedidas. O por lo menos, así pasaba con las que le gustaban a ella. Me dijo que los finales no existían, que las historias estaban recomenzando siempre, que todo lugar era reemplazable. Eso último me dolía. 
Pensé en enmarcar nuestra única foto juntos y regalársela, por si algún día la necesitaba para darle una utilidad parecida a la que vimos en "El efecto mariposa". Era un regalo viable, teniendo en cuenta que me insultó cuando le llevé un oso de peluche, diciéndome que estaba hecho por nenes taiwaneses de 13 años que trabajan 15 horas al día. No supe que decirle. A veces la detestaba un poco.
Recuerdo cuando me preguntó qué era lo que esperaba de mi vida, lo que realmente quería. Después de decirle varias veces que no sabía, le respondí "Quiero tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro". Supuse que eso le iba a parecer bien, y la miré buscando esa aprobación que siempre esperaba encontrar, casi obsesivamente, en ella. Me dijo que era un conformista. 
-Pero entonces, ¿cómo haría para perdurar? Siempre te dije que no quiero ser otro grano de arena.-la desafié.
-Es probable que un solo grano de arena perdure mucho más que cualquier intento de inmortalidad que quieras hacer vos. A menos que te vuelvas un hombre de arena. Pero claro, a vos no te gustaría eso de que el viento te revuelva las pisadas.
Y así discutíamos horas, hasta que me daba cuenta de que cuanto más trataba de convencerla de algo, más terminaba absorbiendo sus pensamientos e incorporándolos a mi cabeza. 
Un día me propuse serle indiferente. Cuando me vino a buscar le dije que no quería verla, que iba a terminar odiandola. Entró igual a mi casa y me contó la historia de un escarabajo. Lo increíble era que la vida de ese bicho se parecía demasiado a la mía. Y al final dijo que si el escarabajo dejaba de tener miedo, iba a poder vivir alegre y cantar rancheras en las noches de luna sonriente, tocando violines de caña y tomando jugo de papaya. No podía odiarla, nunca iba a poder odiarla.
Pensé en seguirla, acompañado de una música de fondo, corriendo con una rosa chamuscada en la mano. Pero me había contentado con agitar el brazo y tragarme el dolor.
Ahora no importa. Los hijos, los árboles y los libros no son míos. Ella tampoco. Pero a mí me basta con lunas sonrientes y violines de caña. De revolver las pisadas en la arena hasta borrarlas se encarga el viento.

domingo, 28 de abril de 2013

Tierra

Me sentí en un mundo apelmazado, a medio camino entre lo tangible y lo etéreo. Todo era como terracota. Todo era moldeable. Pero no era fácilmente manipulable por mis manos, porque ellas también eran arcilla indefinida. Y también lo eran la pared, el aire y las ideas. No eramos nada, eramos el todo. No puedo aclarar si se trataba de materia o de energía. Pero sé que nuestro elemento era la tierra. Eso era lo más extraño. Si hubiera querido imaginar a consciencia un alma, esta hubiese sido de cualquier elemento: aire, fuego, agua. Pero, ¿tierra? Después recordé al hierro, al calcio y a otras inertes partículas que la forman. Y que son las mismas que las de mis huesos. ¿Por qué la tierra, con su batallón de descomponedores, con su insondable oscuridad, deja como último testimonio de nuestra humanidad a esos huesos, comunes  a todos nosotros, comunes a estos seres empeñados en basar su existencia en las diferencias ínfimas que poseen entre sí?
Somos tierra también. Somos ese polvo de origen legendario. ¿Cuántos espíritus se resecan y se agrietan, se descascaran, se corrompen? ¿Cuántos pensamientos son moldeados con instinto creador, cual dioses de antaño?
Compensamos con alas de metal la pesadez de los huesos que nos ataban al suelo. Manipulamos el terreno, lo sacrificamos en pos de alcanzar a las criaturas del aire o de mantener un fuego eterno que se combustiona con las entrañas del mundo o de usar la fuerza incontenible del agua para propósitos frívolos.
Pero al final no importa. Tampoco importan las nimiedades que nos separaron de los otros hombres y mujeres. La tierra se lleva consigo todo lo que alguna vez fuimos. Ahora ella nos corrompe los huesos. Ahora volvemos al lugar de donde vinimos.

jueves, 21 de marzo de 2013

Fragmento de mi adiós


(...) En mi mundo desierto e incivilizado yo seré la única con aspiraciones aladas y ansias de estrellas, ¿acaso no fue eso lo que antaño creí tan profunda y erróneamente? Humana tal vez ya no sea tanto, los humanos no lo son en sí mismos solamente, necesitan de otros para serlo. 
Poco a poco iré olvidando las heridas y la confusión y con ellas también los momentos de falsos éxtasis, que quizás hayan sido realidad, la única realidad. Asimilaré mi pequeñísimo rol en el Universo, el insignificante y al mismo tiempo invaluable papel de vivir en paz y felicidad.
Llamaré con el recuerdo a los poetas inspiradores y a los amores que lo son aún más, entonces me llamaré cobarde. Y después de un rato volveré a sonreirle a los helechos, a alimentar al gato y a maldecir a la suerte. Al atardecer pondré un vinilo polvoriento y rayado en el viejo tocadiscos de mi abuelo. Luego abriré las puertas y las ventanas para que los últimos rayos del sol toquen cada rincón desteñido y también para que la música se extienda y corra lejos, sin pies pero con alma, como una señal que es al mismo tiempo de ayuda y de pedido de auxilio. 
Entonces saldré afuera para hacer flamear la pollera desvencijada y para gritarle al sol que me espere, porque un día como cualquier otro, olvidaré del todo al helecho, al gato y a los poetas y me uniré al él.