miércoles, 27 de noviembre de 2013

Repeticiones

La repetición monótona del lorito de alas cortadas la estaba poniendo nerviosa. Le habían pedido que espere en ese banco despintado hace buen rato atrás y ya había recorrido con la vista cada rincón del jardín enorme y verde, donde el verano parecía ser inquilino.
Finalmente apareció Beba. Traía una especie de cuaderno de cuero enorme entre las manos. Le dirigió unas palabras cariñosas al lorito y se acercó a la mesa.
-¿Cómo se llama?- le preguntó la visitante a Beba.
-Pepe. Los loros buenos siempre se llaman Pepe.
La muchacha estaba dispuesta a nombrar excepciones, pero seguramente sería una pérdida de tiempo. Y ya no le sobraba, tenía un ensayo más tarde. Prefirió asegurarse de que le habían traído lo prometido.
-¿Acá está la foto?
-Acá hay fotos y más también.
Tomó el tosco álbum y empezó a recorrerlo. Beba no se molestó en explicar mucho, prefirió intercambiar monosílabos con Pepe.
Después de pasar la mitad de las páginas oscuras, finalmente encontró lo que buscaba.
-¿Es ella?
Beba se quedó atónita y por esta vez sí prestó atención. La respuesta era muy obvia. Miró a la muchacha y volvió su vista hacia el álbum nuevamente.
-¿Puedo dejarmela? -inquirió la chica.
La anciana titubeó pero aceptó. Después de todo, ya tenía suficientes elementos para juntar polvo y manchas de humedad. No iba a echar de menos el retrato de aquella tía lejana, o amante de un abuelo o antigua vecina de su familia, que posaba con una mirada romántica a juego con su violín. Al fin y al cabo, la visita parecía ser la dueña legítima de aquello.
Antes de cruzar el jardín en dirección a las rejas ocres del portón, la joven le preguntó a Beba si creía en las reencarnaciones.
-Nena, me extraña. Te avisé que tenía la foto de alguien parecida a vos, pero no es para que empieces a creer en cuentos chinos y cosas raras. De las casualidades se aprovechan los astrólogos, los curanderos y otras lacras para robarle a la pobre gente. Andá, andá, que no quiero volverme una vieja entretenedora.
La muchacha se fue con la foto en una mano y su violín en la otra. Antes de atravesar el portón, giró para saludar a Beba. La misma mirada, el mismo gesto de la mujer del retrato desteñido.
Beba sintió un escalofrío. Buscó al lorito y se metió en su casa, mientras maldecía al rocío de la tardecita que le ponía los huesos a la miseria.

Los ojos que rieron

Siempre iba a parar a los mismos lugares: los escalones frontales de la municipalidad, el puente de cemento, la vereda levantada por raíces añejas en la calle Santa Fe. Su recorrido no era planificado sino inevitable.
A veces (cuando la brisa era suave y el sol tibio) se sentía de buen humor y su paseo incluía una visita a la herboristería. Consideraba que cada producto del local carecía de una utilidad real, pero iba igual. La empleada era una joven de ojos muy redondos y llevaba colgados infinitos collares de colores. De vez en cuando le recomendaba un nuevo té, una semilla de nombre impronunciable, unas galletas cuyo componente principal era el aire. Él sabía que cada visita a ese lugar le ocasionaba dolor al final. "Ojalá pudiera, como aquel escritor querido, demostrar que hay otro en mí que no es tonto" se dijo el hombre de rasgos apagados.
Después de pasar por mil libros y sus correspondientes mil crisis existenciales, se había autodenominado bohemio. En sus años mozos hubiese despreciado su condición actual de casi cuarentón que vive de la jubilación de una madre devota, pero ahora no se molestaba en inventar reproches.
Cuando creía ver a algún antiguo colega o ex alumno en la calle, simplemente se escondía en su sobretodo desteñido o se cambiaba de vereda. Mal que le pese, algo de su estado actual debía avergonzarlo. Tantos años dedicados a la Historia, al pasado, fueron echados a la borda por una impulsiva manía hacia el futuro. Y mientras tanto, su presente se hundía en el patetismo.
Después de una de sus visitas a la herboristería, cuando el sol se le antojaba caprichoso ante su mandato de desaparecer, se miró en el minúsculo espejo del baño y no pudo hacer más que sonreír. No entendió si eso era una burla hacia él mismo, pero siguió sonriendo. Alrededor de sus ojos, la piel se plegaba como nunca. Recordó máscaras que asustan, abuelas que fregan, manos cayosas que amasan el pan. Por el ventiluz se entrometía un rayo anaranjado.
Y así, como quien se percata de que dejó algo olvidado, movido por fuerzas milenarias, atravesó las calles hasta encontrar aquel local con olor a incienso y persianas a medio bajar. Un tintineo de perlitas plásticas se acercaba a él.
Ya de vuelta en su casa, pareció notar que las marcas que envolvían sus ojos habían aumentado. Frente al tipo del espejo que ya no era un extraño, no pudo evitar reír, de la forma más pura y sincera que hubiese experimentado jamás.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Meteoritos


Como estaba cansado de no sentir, respiró profundo y se fue. Tenía ganas de provocar una catástrofe, de ser el primer eslabón de una cadena incontenible. 
Apagó el pucho. Si Cinthia había resultado una más no era culpa de ella ni de él. Después de todo, habían sido muchos meses de ilusión impagable.
La vereda y el frío. Las viejas de bufanda lo miraban con intriga, con desconfianza. Y a pesar de la seriedad exterior, se sonreía internamente. 
Empezó a caminar, esperando que su plan maestro apareciera de la nada. O deseando que cayera un meteorito en la esquina. 


-Se complica, ¿no?
-¿Qué cosa?
-Todo esto. El hecho primordial de que estemos destinados a las conversaciones imaginarias.
-A mí no me molesta.

Dobló en la esquina. Probablemente nunca vería caer ningún meteorito.

martes, 10 de septiembre de 2013

Otro sentido no hay

Si palabras bonitas hay muchas y pueden matar igual.
Él corría. Y ellas iban detrás.
No sé que creyó. Imaginó mal.
No era esa imagen simétrica de dulzura superficial.
No, ¡yo no bailo tap!
Gritarle en la cara hasta desbarrancar.
Otra peluca telefónica que va y va.
¡No señor, yo no soy un congelado mar!
Guarde sus patines, acá no se viene a jugar.
¡Muerte al cascarón! ¡Muerte al frigobar!
¿Sentido? Sentido es mi pésame.
Otro sentido no hay.
Que se queme en su fuego, que disfrute su sal.
Que arda y se revuelque.
Que renazca y se vaya de acá.
Mi corazón no es carne, no es cajita de cristal.
Es un puño cerrado, con melodía impar.
Y si el suyo es zamba con un acorde de paz,
¡yo no lo creo, enjuto animal!
Mire sus cadenas, ni es criollo ni es zorzal.
Usted tiene dueña, usted carece de libertad.
¿Sentido? Sentido es mi pésame.
Otro sentido no hay.

Tu historia


Deberías evitarlo. Mirala bien. Ajena al mundo, en ese banco de plaza roído, empuña el lápiz con ingenuidad. Y no sabe que tal vez tiene en sus manos una obra maestra. ¡Esa que jamás podrás escribir! Sigue. Y vos incapaz de hacer algo. Narra lo que nunca se te va a ocurrir. Todos sabemos de tu ineficiencia. Bastaría un corte certero... ¿No te parece? Y el pulso cayendo por el precipicio. Los ojos sin mirada. ¿Bastaría? La herida destilando la vitalidad perdida en tonos carmesí. 
Nunca más oír de lejos su risa de gorrión lastimado. Y vos con una gran historia para contar. Los lectores aman los relatos de asesinos. Continuá observándola, el lápiz se le desliza casi más rápido que la mano, pero no tan veloz como las ideas que le corren adentro. No, vos no podrías inventar una historia magnífica como la de ella. Pero nadie te pide una ficción, pequeña mía. Los escritores son grandes mentirosos. Son mentirosos profesionales que encausaron de forma correcta su habilidad. Pero vos no lo sos, mi niña. Nadie pide que tu gran historia de asesinos sea una fantástica mentira. No tendrías porqué. Mirala. Un corte certero. ¿Qué esperás? Tu historia va a ser increíble.

De hombres y monstruos

Se volvió de repente como aquel pobre monstruo del cuento de Lovecraft. De nada había servido conocer tantos personajes mediante los libros de su calabozo subterráneo si allí no había espejos para vislumbrar su propia humanidad. Humanidad que no tenía, según los aterrados hombres que le huyeron esa noche en que logró escapar.
¿Qué sabían ellos de sus anhelos de luna, de amor, de prados verdes?


sábado, 10 de agosto de 2013

Desliz metafísico


-Es que te contradecís, Claudio. Todo tu "bla bla bla" metafísico es una mentira. Por ejemplo, si...
-Un segundo, ¿desde cuándo usás palabras como "metafísico" vos? 
-Desde que leí al señor de rasgos de centauro.
-¿Rasgos de centauro?
-Sí, no me mires así, es un lindo piropo que te comparen con una criatura mitológica, a Julito le hubiese encantado. Aunque en realidad no sé, a mí no me gustaría que me dijesen sirena. Hace poco vi un documental que decía que existen, hasta explicaba su evolución desde un mono marino que...
-¿Julito? ¿Nombrás a escritores célebres como si fuesen tus amigos de toda la vida? Volvamos al tema: yo no me estoy contradiciendo. Si lo decís por lo de la otra noche, tiene una explicación. ¿Cómo se llamaba ese inglés psicodélico, el que vivía de viaje en viaje, ese que idolatrabas tanto? Él tiene la respuesta justa.
-¿John Lennon? ¿Imayin ol de pipol livin laif in pis?
-No, el escritor. Si no era inglés, era yanqui.
-¡Ah, Aldito! ¿Qué tiene que ver con esto?
-Sí, "Aldito". Bueno, ¿él no decía que la gente necesita un escape, perder su rol, olvidar su "yo" mediante algún método, aunque sea por un rato? Explicaba que es lo que siempre buscó la humanidad, descubrir otra percepción de las cosas. ¿O no? Miles y miles de años de historia de la uva fermentada me abalan. ¿Que me decís de la veneración a Dionisio? Yo no me contradigo. Mi metafísica se lleva perfectamente bien con lo que pasó. Contradicción era la de aquel señor que escribía sensiblerías de amor a la humanidad mientras él se refugiaba en su casa huraña. Contradicción es que Marilyn haya sido una depresiva amante de las poesías tristes...
-Y de los hermanos Kennedy.
-No viene al caso. 
-Ay Claudio, ningún palabrerío justifica lo que pasó en el casamiento de tu hermana. Te llenás la boca de teorías y monodiálogos que quedan en la nada. Tus ideales se desvanecen como por obra de Merlín. ¿Dónde queda tu cosmovisión espiritual después de revolcarte en el fango de la indignidad, en el lodazal de la incongruencia? 
-¿Qué?
-Que sos un pelotudo, Claudio. Creí que con esas palabras que te gustan tanto te iba a quedar más claro. Igual no es tu culpa. Esto es por tu mamá y la sobreprotección que tuvo y sigue teniendo con vos. Entre el complejo de Edipo y el narcisismo avanzado...
-Otra vez sacando a la luz tu deseo reprimido de ser psicóloga. Yo no sé porqué no lo admitís de una vez.
-Porque veo a la terapia como un afano y no podría laburar de algo en lo que no creo. Sería una contradicción imperdonable. Y ya tenemos bastante con las tuyas. 
-A lo mejor deberías probar con algunas sesiones.
-...
-Era un chiste che, no discutamos más. Mirá el lío que armamos por un desliz metafísico insignificante. 
-¿Desliz metafísico? ¡Claudio! Estabas totalmente poseído gritando "¡Despójense de sus yoes!" arriba de la mesa de la torta, rodeado de señoras mayores, cubierto apenas por tus calzoncillos de Batman.

sábado, 20 de julio de 2013

Desarraigo

A continuación, un fragmento de un interesantísimo artículo publicado por la Lic. Sandra Gandall en la prestigiosa revista Neo Psychology:


"[...] hemos comprobado que en un buen porcentaje de las personas próximas a experimentar un cambio trascendental en sus vidas, como en el caso de un joven que decide irse a vivir lejos de su ciudad natal, se observan actitudes de desarraigo y una tendencia a enfrentarse con el mundo que está dejando. Un sentimiento de desenfado y cambios bruscos en la personalidad son la válvula de escape que sirve para atenuar una futura sensación de vacío y de tristeza. De esta forma, odiando un poco al lugar que se está abandonando se minimizarán los temores a lo nuevo. Además, provocar problemas y discusiones con el ámbito que se dejará de frecuentar, es una posible garantía de que las ganas de volver al hogar sean mucho menores.
Está comprobado, en el caso de estos jóvenes, que si además tienen un poco de imaginación, también recurrirán a otro tipo de autoengaños psicológicos semiconscientes. Por ejemplo, pueden escribir en su blog un artículo absolutamente inventado de una posible explicación a lo que están experimentando. Incluso, pueden decir que en realidad fue escrito por una tal Sandra para no sé que revista imaginaria. Y de paso, demostrar que fantochadas como estas las puede escribir cualquiera."

miércoles, 17 de julio de 2013

El pibe de la capucha

Toda la gente solitaria, ¿de dónde viene?
Toda la gente solitaria, ¿a dónde pertenece?


Caminar en círculos. Las cuadras monótonas. El sol clausurado. La calle gris, el invierno también.
Un nene va solo. La ropa sucia y la mirada dulce. Revisa todo, agarra un palito, lo vuelve a dejar, se pierde en una esquina. Su soledad me muerde el alma. 
Yo voy como él. Me escapé de los gritos y los muros. Hamacas desiertas. Una es para mí. La gente pasa sin ver. Nadie recuerda ocuparse jamás de las soledades ajenas.
Policías comprando cigarrillos. Más acá, un hombre desgarbado saluda a otro corpulento y le pide plata. El pibe de la capucha se acerca. Miradas que bajan. Sí, lo reconozco, sin dudas. Se pierde también. Yo vuelvo a andar. Nadie sabe donde estoy y probablemente tampoco importe. Pasan colectivos pero los bolsillos están vacíos. El viento frío golpea en la garganta. Los ojos acuosos ganan brillo. 
¡Y que la lágrima salada resbale, es por la basura volátil, es por el viento! No se te ocurra creer que es por el mundo y sus penas, no se te ocurra pensar en los sufrimientos que nadie quiere oírte contar, en todo lo que soportás por los errores ajenos, ni mucho menos creas que es por esa indiferencia asquerosa que te escupe a vos, al nene del buzito roto, al pibe de la capucha, al alcohólico que quería unos pesos. ¡Que caiga niña, que caiga! ¡Es el viento lo que la hace resbalar! ¡Que acaricie la mejilla y se hunda en el escote! A nadie puede importarle. 
¿A dónde va toda esta gente solitaria? ¿Tienen quién los espere?  A veces me parecen almas más nobles éstas que aquellas que conocen muchas compañías, menos la propia, rodeados de gente pero sintiéndose más solos que el mismísimo pibe de la capucha.

viernes, 17 de mayo de 2013

Los hombres de arena


Las mejores películas terminan en despedidas. O por lo menos, así pasaba con las que le gustaban a ella. Me dijo que los finales no existían, que las historias estaban recomenzando siempre, que todo lugar era reemplazable. Eso último me dolía. 
Pensé en enmarcar nuestra única foto juntos y regalársela, por si algún día la necesitaba para darle una utilidad parecida a la que vimos en "El efecto mariposa". Era un regalo viable, teniendo en cuenta que me insultó cuando le llevé un oso de peluche, diciéndome que estaba hecho por nenes taiwaneses de 13 años que trabajan 15 horas al día. No supe que decirle. A veces la detestaba un poco.
Recuerdo cuando me preguntó qué era lo que esperaba de mi vida, lo que realmente quería. Después de decirle varias veces que no sabía, le respondí "Quiero tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro". Supuse que eso le iba a parecer bien, y la miré buscando esa aprobación que siempre esperaba encontrar, casi obsesivamente, en ella. Me dijo que era un conformista. 
-Pero entonces, ¿cómo haría para perdurar? Siempre te dije que no quiero ser otro grano de arena.-la desafié.
-Es probable que un solo grano de arena perdure mucho más que cualquier intento de inmortalidad que quieras hacer vos. A menos que te vuelvas un hombre de arena. Pero claro, a vos no te gustaría eso de que el viento te revuelva las pisadas.
Y así discutíamos horas, hasta que me daba cuenta de que cuanto más trataba de convencerla de algo, más terminaba absorbiendo sus pensamientos e incorporándolos a mi cabeza. 
Un día me propuse serle indiferente. Cuando me vino a buscar le dije que no quería verla, que iba a terminar odiandola. Entró igual a mi casa y me contó la historia de un escarabajo. Lo increíble era que la vida de ese bicho se parecía demasiado a la mía. Y al final dijo que si el escarabajo dejaba de tener miedo, iba a poder vivir alegre y cantar rancheras en las noches de luna sonriente, tocando violines de caña y tomando jugo de papaya. No podía odiarla, nunca iba a poder odiarla.
Pensé en seguirla, acompañado de una música de fondo, corriendo con una rosa chamuscada en la mano. Pero me había contentado con agitar el brazo y tragarme el dolor.
Ahora no importa. Los hijos, los árboles y los libros no son míos. Ella tampoco. Pero a mí me basta con lunas sonrientes y violines de caña. De revolver las pisadas en la arena hasta borrarlas se encarga el viento.