martes, 14 de enero de 2014

Espectro

Una caricia fantasma. Como el que pierde una pierna y continúa sintiéndola.
Escuchaba "Angie", tal vez por intensificar ese gusto a tristeza justificada. Claro, si de esto hablan de pronto todas las canciones del mundo. Hubiese sido lo mismo si miraba por la ventana o charlaba con el gato. No era el masoquismo de buscar tristeza escondida, era que ella aparecía por donde se le antojara. 
Tanto por perder. Los días se vengan, no les gusta que la gente especule con ellos. Se enojan con el artista que decide trabajar en un estudio contable y con quien construye ciudades en las nubes. 
Odiaría decir que algo de esto estaba escrito, pero no tengo espacio para abarcar ningún tipo de odio. Otro tipo de sentimiento ya se expandió y colapsó cada fibra. Y ahora son tan pocas las cosas que importan.
Como en las historias de esos espíritus que por alguna razón no quieren abandonar los lugares en los que fueron realidad, así es el espectro de esta caricia. Maldiciones sin cura inmediata. Embrujo a prueba de olvido.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Semejanzas

Pocas cosas me hubiesen divertido más que pasar esas semanas leyendo a filósofos moralistas alemanes, sólo por el placer de descubrir sus mentiras. Por esos días también trataba de aprender la Polonesa  Heroica en el piano. 
No es que yo fuera un tipo amante de lo excéntrico, pero había descubierto que nada caía peor que yo llegara de zapatos lustrosos y ropa sobria y oscura contrastando con mi palidez casi enfermiza, y comenzara a hablar con propiedad y a halagar a Frédéric Chopin. Era mi manera preferida de irritar. No lo hacía como un gesto de arrogancia ni de actuada superioridad sino porque solía caer muy mal: era la forma de mostrarme en descontento con todo lo que me rodeaba. Cuando una persona mayor me halagaba por mi comportamiento y expresaba que sería bueno que mis pares actuaran a semejanza, me corrompía el desprecio y me esforzaba por dejar al adulador como un ignorante, le escupía la cara de manera verbal.
Pero a quien conocí por entonces no le contentaba lo verbal y llevaba los escupitajos a la práctica siempre que tenía oportunidad. La primera vez que lo vi, admito que me inspiro más risa que miedo, respeto o rechazo, que supongo que era lo que se proponía lograr. Llevaba un pantalón de tela escocesa roja y una remera ajada con inscripciones en inglés. Tenía un gesto de rudeza imitada, tachas y otros artilugios de metal por doquier y un peinado mohicano muy bien logrado.
"Pichón mal aprendido de Nietzsche" pensé al pasar. O murmuré. O dije en voz alta, probablemente. El sujeto en cuestión me miró sorprendido y citó:
-"El individuo siempre ha tenido que luchar para no ser absorbido por la tribu. Si tratás de hacerlo, estarás constantemente sólo y algunas veces temeroso. Pero no hay precio demasiado alto que pagar por el privilegio de ser tu propio dueño".
-¿Usuario de Tumblr o una página parecida?- me burlé.
-No: pichón mal aprendido de Nietzsche.
  
Sería interesante contarles que nuestro encuentro terminó mal, pero sonrió y yo vislumbré un sincero gesto de complicidad que me enorgullece mantener. Pasé el resto de ese verano tratando de combinar a Chopin con Sex Pistols.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Repeticiones

La repetición monótona del lorito de alas cortadas la estaba poniendo nerviosa. Le habían pedido que espere en ese banco despintado hace buen rato atrás y ya había recorrido con la vista cada rincón del jardín enorme y verde, donde el verano parecía ser inquilino.
Finalmente apareció Beba. Traía una especie de cuaderno de cuero enorme entre las manos. Le dirigió unas palabras cariñosas al lorito y se acercó a la mesa.
-¿Cómo se llama?- le preguntó la visitante a Beba.
-Pepe. Los loros buenos siempre se llaman Pepe.
La muchacha estaba dispuesta a nombrar excepciones, pero seguramente sería una pérdida de tiempo. Y ya no le sobraba, tenía un ensayo más tarde. Prefirió asegurarse de que le habían traído lo prometido.
-¿Acá está la foto?
-Acá hay fotos y más también.
Tomó el tosco álbum y empezó a recorrerlo. Beba no se molestó en explicar mucho, prefirió intercambiar monosílabos con Pepe.
Después de pasar la mitad de las páginas oscuras, finalmente encontró lo que buscaba.
-¿Es ella?
Beba se quedó atónita y por esta vez sí prestó atención. La respuesta era muy obvia. Miró a la muchacha y volvió su vista hacia el álbum nuevamente.
-¿Puedo dejarmela? -inquirió la chica.
La anciana titubeó pero aceptó. Después de todo, ya tenía suficientes elementos para juntar polvo y manchas de humedad. No iba a echar de menos el retrato de aquella tía lejana, o amante de un abuelo o antigua vecina de su familia, que posaba con una mirada romántica a juego con su violín. Al fin y al cabo, la visita parecía ser la dueña legítima de aquello.
Antes de cruzar el jardín en dirección a las rejas ocres del portón, la joven le preguntó a Beba si creía en las reencarnaciones.
-Nena, me extraña. Te avisé que tenía la foto de alguien parecida a vos, pero no es para que empieces a creer en cuentos chinos y cosas raras. De las casualidades se aprovechan los astrólogos, los curanderos y otras lacras para robarle a la pobre gente. Andá, andá, que no quiero volverme una vieja entretenedora.
La muchacha se fue con la foto en una mano y su violín en la otra. Antes de atravesar el portón, giró para saludar a Beba. La misma mirada, el mismo gesto de la mujer del retrato desteñido.
Beba sintió un escalofrío. Buscó al lorito y se metió en su casa, mientras maldecía al rocío de la tardecita que le ponía los huesos a la miseria.

Los ojos que rieron

Siempre iba a parar a los mismos lugares: los escalones frontales de la municipalidad, el puente de cemento, la vereda levantada por raíces añejas en la calle Santa Fe. Su recorrido no era planificado sino inevitable.
A veces (cuando la brisa era suave y el sol tibio) se sentía de buen humor y su paseo incluía una visita a la herboristería. Consideraba que cada producto del local carecía de una utilidad real, pero iba igual. La empleada era una joven de ojos muy redondos y llevaba colgados infinitos collares de colores. De vez en cuando le recomendaba un nuevo té, una semilla de nombre impronunciable, unas galletas cuyo componente principal era el aire. Él sabía que cada visita a ese lugar le ocasionaba dolor al final. "Ojalá pudiera, como aquel escritor querido, demostrar que hay otro en mí que no es tonto" se dijo el hombre de rasgos apagados.
Después de pasar por mil libros y sus correspondientes mil crisis existenciales, se había autodenominado bohemio. En sus años mozos hubiese despreciado su condición actual de casi cuarentón que vive de la jubilación de una madre devota, pero ahora no se molestaba en inventar reproches.
Cuando creía ver a algún antiguo colega o ex alumno en la calle, simplemente se escondía en su sobretodo desteñido o se cambiaba de vereda. Mal que le pese, algo de su estado actual debía avergonzarlo. Tantos años dedicados a la Historia, al pasado, fueron echados a la borda por una impulsiva manía hacia el futuro. Y mientras tanto, su presente se hundía en el patetismo.
Después de una de sus visitas a la herboristería, cuando el sol se le antojaba caprichoso ante su mandato de desaparecer, se miró en el minúsculo espejo del baño y no pudo hacer más que sonreír. No entendió si eso era una burla hacia él mismo, pero siguió sonriendo. Alrededor de sus ojos, la piel se plegaba como nunca. Recordó máscaras que asustan, abuelas que fregan, manos cayosas que amasan el pan. Por el ventiluz se entrometía un rayo anaranjado.
Y así, como quien se percata de que dejó algo olvidado, movido por fuerzas milenarias, atravesó las calles hasta encontrar aquel local con olor a incienso y persianas a medio bajar. Un tintineo de perlitas plásticas se acercaba a él.
Ya de vuelta en su casa, pareció notar que las marcas que envolvían sus ojos habían aumentado. Frente al tipo del espejo que ya no era un extraño, no pudo evitar reír, de la forma más pura y sincera que hubiese experimentado jamás.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Meteoritos


Como estaba cansado de no sentir, respiró profundo y se fue. Tenía ganas de provocar una catástrofe, de ser el primer eslabón de una cadena incontenible. 
Apagó el pucho. Si Cinthia había resultado una más no era culpa de ella ni de él. Después de todo, habían sido muchos meses de ilusión impagable.
La vereda y el frío. Las viejas de bufanda lo miraban con intriga, con desconfianza. Y a pesar de la seriedad exterior, se sonreía internamente. 
Empezó a caminar, esperando que su plan maestro apareciera de la nada. O deseando que cayera un meteorito en la esquina. 


-Se complica, ¿no?
-¿Qué cosa?
-Todo esto. El hecho primordial de que estemos destinados a las conversaciones imaginarias.
-A mí no me molesta.

Dobló en la esquina. Probablemente nunca vería caer ningún meteorito.

martes, 10 de septiembre de 2013

Otro sentido no hay

Si palabras bonitas hay muchas y pueden matar igual.
Él corría. Y ellas iban detrás.
No sé que creyó. Imaginó mal.
No era esa imagen simétrica de dulzura superficial.
No, ¡yo no bailo tap!
Gritarle en la cara hasta desbarrancar.
Otra peluca telefónica que va y va.
¡No señor, yo no soy un congelado mar!
Guarde sus patines, acá no se viene a jugar.
¡Muerte al cascarón! ¡Muerte al frigobar!
¿Sentido? Sentido es mi pésame.
Otro sentido no hay.
Que se queme en su fuego, que disfrute su sal.
Que arda y se revuelque.
Que renazca y se vaya de acá.
Mi corazón no es carne, no es cajita de cristal.
Es un puño cerrado, con melodía impar.
Y si el suyo es zamba con un acorde de paz,
¡yo no lo creo, enjuto animal!
Mire sus cadenas, ni es criollo ni es zorzal.
Usted tiene dueña, usted carece de libertad.
¿Sentido? Sentido es mi pésame.
Otro sentido no hay.

Tu historia


Deberías evitarlo. Mirala bien. Ajena al mundo, en ese banco de plaza roído, empuña el lápiz con ingenuidad. Y no sabe que tal vez tiene en sus manos una obra maestra. ¡Esa que jamás podrás escribir! Sigue. Y vos incapaz de hacer algo. Narra lo que nunca se te va a ocurrir. Todos sabemos de tu ineficiencia. Bastaría un corte certero... ¿No te parece? Y el pulso cayendo por el precipicio. Los ojos sin mirada. ¿Bastaría? La herida destilando la vitalidad perdida en tonos carmesí. 
Nunca más oír de lejos su risa de gorrión lastimado. Y vos con una gran historia para contar. Los lectores aman los relatos de asesinos. Continuá observándola, el lápiz se le desliza casi más rápido que la mano, pero no tan veloz como las ideas que le corren adentro. No, vos no podrías inventar una historia magnífica como la de ella. Pero nadie te pide una ficción, pequeña mía. Los escritores son grandes mentirosos. Son mentirosos profesionales que encausaron de forma correcta su habilidad. Pero vos no lo sos, mi niña. Nadie pide que tu gran historia de asesinos sea una fantástica mentira. No tendrías porqué. Mirala. Un corte certero. ¿Qué esperás? Tu historia va a ser increíble.

De hombres y monstruos

Se volvió de repente como aquel pobre monstruo del cuento de Lovecraft. De nada había servido conocer tantos personajes mediante los libros de su calabozo subterráneo si allí no había espejos para vislumbrar su propia humanidad. Humanidad que no tenía, según los aterrados hombres que le huyeron esa noche en que logró escapar.
¿Qué sabían ellos de sus anhelos de luna, de amor, de prados verdes?


sábado, 10 de agosto de 2013

Desliz metafísico


-Es que te contradecís, Claudio. Todo tu "bla bla bla" metafísico es una mentira. Por ejemplo, si...
-Un segundo, ¿desde cuándo usás palabras como "metafísico" vos? 
-Desde que leí al señor de rasgos de centauro.
-¿Rasgos de centauro?
-Sí, no me mires así, es un lindo piropo que te comparen con una criatura mitológica, a Julito le hubiese encantado. Aunque en realidad no sé, a mí no me gustaría que me dijesen sirena. Hace poco vi un documental que decía que existen, hasta explicaba su evolución desde un mono marino que...
-¿Julito? ¿Nombrás a escritores célebres como si fuesen tus amigos de toda la vida? Volvamos al tema: yo no me estoy contradiciendo. Si lo decís por lo de la otra noche, tiene una explicación. ¿Cómo se llamaba ese inglés psicodélico, el que vivía de viaje en viaje, ese que idolatrabas tanto? Él tiene la respuesta justa.
-¿John Lennon? ¿Imayin ol de pipol livin laif in pis?
-No, el escritor. Si no era inglés, era yanqui.
-¡Ah, Aldito! ¿Qué tiene que ver con esto?
-Sí, "Aldito". Bueno, ¿él no decía que la gente necesita un escape, perder su rol, olvidar su "yo" mediante algún método, aunque sea por un rato? Explicaba que es lo que siempre buscó la humanidad, descubrir otra percepción de las cosas. ¿O no? Miles y miles de años de historia de la uva fermentada me abalan. ¿Que me decís de la veneración a Dionisio? Yo no me contradigo. Mi metafísica se lleva perfectamente bien con lo que pasó. Contradicción era la de aquel señor que escribía sensiblerías de amor a la humanidad mientras él se refugiaba en su casa huraña. Contradicción es que Marilyn haya sido una depresiva amante de las poesías tristes...
-Y de los hermanos Kennedy.
-No viene al caso. 
-Ay Claudio, ningún palabrerío justifica lo que pasó en el casamiento de tu hermana. Te llenás la boca de teorías y monodiálogos que quedan en la nada. Tus ideales se desvanecen como por obra de Merlín. ¿Dónde queda tu cosmovisión espiritual después de revolcarte en el fango de la indignidad, en el lodazal de la incongruencia? 
-¿Qué?
-Que sos un pelotudo, Claudio. Creí que con esas palabras que te gustan tanto te iba a quedar más claro. Igual no es tu culpa. Esto es por tu mamá y la sobreprotección que tuvo y sigue teniendo con vos. Entre el complejo de Edipo y el narcisismo avanzado...
-Otra vez sacando a la luz tu deseo reprimido de ser psicóloga. Yo no sé porqué no lo admitís de una vez.
-Porque veo a la terapia como un afano y no podría laburar de algo en lo que no creo. Sería una contradicción imperdonable. Y ya tenemos bastante con las tuyas. 
-A lo mejor deberías probar con algunas sesiones.
-...
-Era un chiste che, no discutamos más. Mirá el lío que armamos por un desliz metafísico insignificante. 
-¿Desliz metafísico? ¡Claudio! Estabas totalmente poseído gritando "¡Despójense de sus yoes!" arriba de la mesa de la torta, rodeado de señoras mayores, cubierto apenas por tus calzoncillos de Batman.

sábado, 20 de julio de 2013

Desarraigo

A continuación, un fragmento de un interesantísimo artículo publicado por la Lic. Sandra Gandall en la prestigiosa revista Neo Psychology:


"[...] hemos comprobado que en un buen porcentaje de las personas próximas a experimentar un cambio trascendental en sus vidas, como en el caso de un joven que decide irse a vivir lejos de su ciudad natal, se observan actitudes de desarraigo y una tendencia a enfrentarse con el mundo que está dejando. Un sentimiento de desenfado y cambios bruscos en la personalidad son la válvula de escape que sirve para atenuar una futura sensación de vacío y de tristeza. De esta forma, odiando un poco al lugar que se está abandonando se minimizarán los temores a lo nuevo. Además, provocar problemas y discusiones con el ámbito que se dejará de frecuentar, es una posible garantía de que las ganas de volver al hogar sean mucho menores.
Está comprobado, en el caso de estos jóvenes, que si además tienen un poco de imaginación, también recurrirán a otro tipo de autoengaños psicológicos semiconscientes. Por ejemplo, pueden escribir en su blog un artículo absolutamente inventado de una posible explicación a lo que están experimentando. Incluso, pueden decir que en realidad fue escrito por una tal Sandra para no sé que revista imaginaria. Y de paso, demostrar que fantochadas como estas las puede escribir cualquiera."